lunes, 12 de mayo de 2008

Sobre la Iglesia

Texto de la Conferencia “Sobre la Iglesia“, pronunciada en el Centro Teológico de Zaragoza, el 11 de febrero del 2008m por Mons Fernando Sebastián

Entiendo que esta invitación para dar una conferencia sobre la Iglesia no pretende que yo os exponga aquí en menos de una hora un tratado completo sobre la Iglesia. Las últimas generaciones de cristianos tenemos una magnífica escuela donde aprender la verdad de nuestra Iglesia en los documentos del C. Vaticano II, especialmente las Constituciones Lumen Gentium y Gaudium et Spes.

Más bien creo que lo que esperan de mi quienes han invitado a estar hoy aquí con vosotros, es que os presente unas cuantas ideas o sugerencias personales que nos ayuden a fortalecer algunas convicciones fundamentales sobre el ser de la Iglesia y a mantener firme nuestra confianza en ella a pesar de las muchas críticas, tan injustas como disparatadas, que tenemos que oír frecuentemente.

El Papa Benedicto les decía hace poco a los Obispos portugueses que tenemos que hablar más de Dios y de Jesucristo y menos de la Iglesia. Yo también estoy convencido de ello. Pero se me ha pedido que os hable de la Iglesia, he pensado que podría ser útil para vosotros presentaros unas cuantas afirmaciones que os ayuden a conservar viva la alegría de ser hijos y miembros de la Iglesia de Jesucristo, a pesar de las muchas cosas disparatadas y mal intencionadas que se dicen contra ella.

Iª, NO OLVIDEMOS NUNCA QUE LA IGLESIA COMIENZA CON JESUCRISTO.

Se habla y se escribe muchas veces de la Iglesia fijándose exclusivamente en la conducta de unas personas concretas, o en lo que pensamos que hicieron los cristianos una época determinada. Así, los medios de comunicación y a veces los mismos cristianos, hablamos de lo que la Iglesia hizo o dejó de hacer, de si la Iglesia española está o no está adaptada a las exigencias de la democracia. En una acción o en unas palabras, a veces deformadas en los titulares de los periódicos, encontramos base suficiente para alabar o criticar a la Iglesia en general. Así nuestra confianza en la Iglesia y nuestro amor por ella están siempre en peligro, pendientes de cualquier actuación discutible de una persona determinada.

Los cristianos no podemos olvidar nunca, ni siquiera en nuestros comentarios más espontáneos, que Jesucristo es la Cabeza, el Principio de la Iglesia, y con El forman parte indiscutible de la Iglesia la Virgen María, los Apóstoles, los mártires y los santos de todos los tiempos.

Podemos opinar como nos parezca de la actuación o del pronunciamiento de un sacerdote, de un obispo o de una organización de fieles. Pero eso no debe llevarnos a hacer juicios generales ni mucho menos a perder la confianza en la santa Madre Iglesia. La Iglesia verdadera comienza en Jesucristo. Cuando queramos referirnos a “la Iglesia” tenemos que pensar que estamos señalando primariamente a Jesucristo, y con El a la Virgen María, a los santos, a tantas personas buenas que viven o vivieron tratando de hacer el bien siguiendo las enseñanzas y los ejemplos del Señor.

Hablando con propiedad, la Iglesia es ante todo el grupo de Jesús con sus discípulos, en Galilea, en el Sermón de la Montaña, en el Cenáculo. La Iglesia es Pentecostés, la Iglesia son los Doce Apóstoles predicando cada uno el mensaje de Jesús en una parte del mundo. La Iglesia son ahora los cristianos del mundo entero, en Africa, en América, en China, siempre en continuidad histórica con la comunidad de Jesús, siempre en comunión espiritual con los santos de todos los tiempos, siempre animados interiormente por el Espíritu del Señor resucitado.

La Iglesia, los cristianos, somos en el mundo la continuidad histórica de Jesús, el cuerpo visible de su presencia invisible, identificados espiritualmente con él, por el sacramento de la Eucaristía, por el que Cristo está junto a nosotros, haciéndonos su familia y su Iglesia, en todos los lugares y en todos los tiempos.

Si tenemos esto en cuenta, 1º, Nuestros juicios serán más moderados y más prudentes. Cuando nos digan que la Iglesia está aliada con el PP, o que la Iglesia estuvo con Franco, o que está siempre con los ricos, podremos admitir tranquilamente lo que sea verdad sin que por eso quede comprometida nuestra veneración por la Iglesia de Jesús y nuestro gozo por ser miembros suyos. Estemos o no estemos de acuerdo con lo que haya hecho un determinado señor o con lo que hicieron unos señores en unas determinadas circunstancias, podremos seguir estando orgullosos de nuestra Iglesia. Las sombras de nuestros errores y debilidades hacen que resalten más la grandeza de Cristo, de sus ejemplos y enseñanzas, y el esplendor de la vida de tantos miles y millones de santos, antiguos y modernos, que hermosearon el mundo y aliviaron el dolor de tantos hermanos con sus buenas obras.

Si criticamos la actuación de unos comerciantes, o de unos abogados, o de un grupo cualquiera de españoles, nunca diremos España ha actuado mal. Esa misma cautela tenemos que tener y tendrían que tener todos con la Iglesia. La realidad inmensa y misteriosa de la Iglesia merece más respeto, porque la Iglesia es Cristo en nosotros, Cristo perdonando, santificando y salvando a la humanidad, a los que creen en El y se dejan conducir por El.

Y 2º, cuando tenemos esto en cuenta, las deficiencias en el comportamiento de algunos cristianos, las deficiencias en el funcionamiento de algunas instituciones (que pueden ser reales), y las decepciones que podamos padecer en consecuencia, se quedarán en sus dimensiones justas, y no afectarán nunca a nuestro amor a la Iglesia, a la participación en su vida y en su misión. ¿Cómo puede ser que unos cristianos se marchen de su parroquia y dejen incluso de practicar la vida sacramental por un enfado con su párroco? O ¿cómo puede ser que otros digan que no van a poner la crucecita porque un obispo ha dicho algo que no les ha gustado? Se les podría preguntar, pero ¿qué es la Iglesia para ti? Si la vemos siempre encabezada por Jesús, El solo, por encima del buen o del mal comportamiento de los cristianos, será siempre razón suficiente para quererla y servirla con alegría y con entusiasmo a pesar de todos los pesares. Si los que viven fuera de la Iglesia no lo ven así, puede resultar explicable, no lo sería si no lo viéramos los que queremos de verdad vivir como buenos cristianos.

IIª. NO PENSAR SOLO EN LA IGLESIA DE SAN PEDRO, PENSEMOS TAMBIÉN EN LA IGLESIA DE LA VIRGEN MARÍA.

Que quiero decir con esto? Quiero decir que en la Iglesia lo más importante no es la Jerarquía, el Papa con el conjunto de los Obispos y de los sacerdotes, sino que lo más importante, lo verdaderamente decisivo en la Iglesia es la santidad, la oración y la adoración, el amor a Dios y al prójimo, la fortaleza y la fidelidad en las dificultades, las obras de misericordia, el desprendimiento de los bienes de este mundo y el amor a la vida eterna.

No es que se pueda separar lo uno de otro, la Iglesia es la comunidad de los discípulos de Jesús, tal como la quiso El, presidida por los Apóstoles y sus sucesores, unificada en torno a la Eucaristía y santificada por los sacramentos. Pero la riqueza primordial de esta comunidad de discípulos no es la organización, ni son los diferentes ministerios establecidos por el Señor para servir al Pueblo de Dios en sus necesidades espirituales. La principal riqueza del Pueblo de Dios y de la comunidad cristiana es la caridad, el amor a Dios y al prójimo, las obras de misericordia, la oración de los contemplativos y los trabajos de quienes se esfuerzan cada día por mejorar la vida y aliviar los sufrimientos del prójimo.

Desde la más antigua tradición, la Virgen María es como la síntesis y la mejor representación de esta dimensión mística de la Iglesia, la dimensión del amor, de la fidelidad, de la unión espiritual con Jesús, la riqueza interior y exterior de las buenas obras, el esplendor de la humanidad renovada por la presencia de Jesucristo y la acción del Espíritu de Dios en nosotros sus siervos.

Hay una compenetración espiritual entre la Virgen María y la Iglesia universal, en virtud de la cual, María es la mejor representación de la Iglesia entera. Además de Madre de Jesús, María es la primera y la mejor discípula, el cumplimiento de la obra de Jesús en la renovación de la humanidad entera, el proyecto de la nueva humanidad en su perfección más acabada y más amable. La Virgen María es el núcleo, lo más santo, lo más hermoso de la Iglesia, la criatura que mejor responde a los deseos de Dios y mejor colaboró y colabora con su providencia de amor y salvación.

Aunque los Obispos y los sacerdotes seamos en la Iglesia lo más notorio, lo que más se ve, a veces somos también los más criticados, no somos lo más importante. Lo más importante, después del Jesús, es la Virgen María, y con ella los santos y las santas de todos los tiempos. Lo más importante en la Iglesia es la confianza en Dios, la caridad con el prójimo, la abnegación de uno mismo por el bien de los demás. Eso es lo que hace realmente grande a la Iglesia y le da fuerza para ser signo y sacramento de la presencia salvadora de Dios en el mundo.

Cuando algunos cristianos, o cristianas, se quejan de que la Iglesia no conceda la ordenación sacerdotal a las mujeres, cuando interpretan esta práctica como una discriminación en contra de las mujeres, yo les pregunto ¿quién es más importante en la Iglesia, San Pedro o la Virgen María? ¿Quiénes son más importantes en la Iglesia española, los obispos que firmaron la carta de 1937 o los miles de mártires que fueron fusilados en el verano del 36 por no renegar de su fe en Dios y en Jesucristo?

En la prensa, en la mayoría de los comentarios, en la misma práctica de la Iglesia, quienes tenemos alguna misión jerárquica somos considerados como los más importantes. Y esto nos lleva a que la Iglesia sea considerada como una institución de poder, en la que la autoridad y los cuadros dirigentes son lo principal, como suele ocurrir en las sociedades humanas. Pero en la Iglesia no es así. Las palabras de Jesús nos hacen pensar de otra manera. “El que quiera ser el primero que se haga servidor de todos” “Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos”. En la Iglesia todo es transitorio menos el amor, menos la vida eterna. En la hora definitiva a todos nos juzgarán por el amor, todo lo que hayamos hecho en la vida fuera de la voluntad de Dios y del amor al prójimo será consumido por el fuego y únicamente será aceptado lo que hayamos hecho humildemente guiados por el Espíritu Santo y movidos por el amor. Y esto vale para todos, para los laicos y para los clérigos, para los seglares y para los religiosos, para los tradicionalistas y los renovadores. A todos nos juzgarán por el amor que hayamos practicado en nuestras vidas, ésa es la jerarquía definitiva en la presencia de Dios.

La Iglesia de Jesús es también la Iglesia de la Virgen María y de los santos, es la Iglesia del amor, la Iglesia de la oración y de la alabanza, la Iglesia del trabajo y del servicio de cada día, de las buenas obras, de la humildad y de la misericordia, del perdón y de la paciencia. Yo espero que, con el tiempo, la imagen de la Iglesia en el mundo ayude a ver esta dimensión espiritual de la Iglesia como lo más importante en la vida de cada uno y en el conjunto de la comunidad de los discípulos de Jesús.

Nos vendrá bien recordar estas consideraciones cuando nos asalten tentaciones de vanidad y de soberbia pensando que somos más y mejores que los demás, o cuando hacen mella en nuestro ánimo las críticas contra los personajes más sobresalientes de nuestra Iglesia. Nadie puede medir el amor que una persona pone en el desempeño de sus cargos y de sus obligaciones. Nadie puede negar que en la Iglesia de hoy, como en la Iglesia de todos los tiempos haya muchas personas buenas que oran y alaban a Dios, que hacen el bien de mil maneras, sin hacer ruido, sin llamar la atención de nadie. Nadie sabe quién es más importante ante Dios o quien está haciendo cosas más importantes para la salvación del mundo. Sin embargo, sí podemos decir que la santidad y la bondad de muchos cristianos alivian los sufrimientos y embellecen la vida del mundo.

IIIª. NO ES DE ESTE MUNDO PERO ESTÁ PRESENTE EN TODOS LOS RINCONES DEL MUNDO.

Desde hace unos cuantos años se nos pide a los cristianos que vivamos con los pies en el suelo. Se critica a la Iglesia y a la religión en general de perderse en las alturas del cielo y ocuparse de los asuntos impalpables de la vida eterna. Un ateo presuntuoso pudo decir “Nosotros nos ocupamos de las cosas de la tierra y dejamos el cielo para los pájaros”.

Pues bien, nosotros los cristianos podemos decir que nos ocupamos de las cosas de la tierra con la máxima verdad y seriedad, precisamente porque tenemos el corazón en el Cielo. Estamos salvados en la esperanza, reza el título de la reciente encíclica del Papa Benedicto XVI, sabemos que tenemos abiertas las puertas del Cielo por el poder de Dios que resucitó a Jesús y vivimos sostenidos y guiados por esta esperanza. Vivimos en la tierra cogidos de la mano del Dios del Cielo, por eso nos sentimos con fuerza para caminar, por eso sabemos cual es el verdadero sentido de nuestra vida, por eso nos sentimos libres de las esclavitudes de este mundo y podemos amar a nuestros prójimos con un amor verdadero, generoso, sacrificado y fuerte, que es el amor con el que Dios nos ama y nos ayuda a todos. La esperanza de la vida eterna es libertad y fortaleza para amar, para servir, para sacrificarse por el bien del prójimo.

Los cristianos, en la medida en que somos Iglesia por dentro, en el interior de nuestros corazones, vivimos con Jesús y con los santos, vemos delante de nosotros el esplendor de la patria eterna, y eso nos da fuerzas para superar los sufrimientos y las dificultades de esta vida, nos ayuda a vencer los poderes y las ambiciones de este mundo y libera nuestros corazones para amar a los demás y dedicarles nuestras energías y nuestro tiempo con la fortaleza y la generosidad de N. Señor Jesucristo.

Cuanto más identificados estamos con los santos del Cielo, más fuertemente nos sentimos movidos a ayudar a nuestros hermanos a conocer la verdad y las promesas de Dios, a proceder siempre y en todo con verdad y rectitud. Desde la atalaya del juicio de Dios y de la vida eterna podemos percibir y valorar la verdad o la mentira de todos los momentos y circunstancias de nuestra vida. Nada hay que escape a esta iluminación. Nada que no necesite esta perspectiva de eternidad para ser del todo humano y justo. Ni el amor de la familia, ni el verdadero valor del dinero, ni el poder y la responsabilidad de los políticos descubren sus verdaderas dimensiones si no sabemos situarlas en esta perspectiva de la vida eterna. Esta es precisamente la misión fundamental de la Iglesia, ayudar a todos los hombres y ver la verdad de la vida y a vivirla en rectitud y justicia iluminando la trama entera de nuestra vida con la luz de la resurrección de Cristo y organizándola en función de la salvación eterna.

Se equivocan los que piensan que adorar a Dios y vivir en comunión con Dios nos apartan del mundo. Y se equivocan también quienes piensan que la Iglesia y los cristianos tienen que dejar de ser religiosos para alcanzar una presencia significativa y operante en el mundo. Al contrario, cuanto más cerca de Dios estamos, más capaces somos de intervenir para bien en todos los asuntos de la vida terrestre.

Si la Iglesia, si los cristianos, alguna vez, no hemos sido, o no somos, suficientemente generosos, si no nos interesamos por los pobres como deberíamos, si no luchamos suficientemente contra las injusticias, si somos egoístas y nos dejamos ganar por los bienes de este mundo, no es porque vivamos con el corazón ocupado y evadido en las cosas celestiales, sino precisamente por todo lo contrario, porque no somos suficientemente celestiales, porque no vivimos en comunión espiritual con Jesús resucitado, porque no estamos cerca de Dios, porque no tenemos puesto el corazón en la esperanza de la vida eterna, en esa vida eterna que es transparencia, amor, solicitud de unos por otros, alegría y gratitud por el bien de los demás, alabanza de Dios por el bien de todos.

El remedio para nuestra mediocridad y el aguijón para avivar nuestra solidaridad con los pobres y nuestro trabajo por la justicia no está en hacernos más seculares y más metidos en el mundo, dejando de lado la oración y la esperanza de la vida eterna, sino en hacernos más celestiales, en vivir más cerca de Dios, en vivir muy cerca del corazón de Jesús resucitado que nos dice “ama a tus hermanos como eres amado por mi Padre, perdona como eres perdonado, sirve como eres servido, ayuda a los demás como tú eres ayudado y acogido por el amor del Padre que te salva”.

IV ª, SANTA Y PECADORA.

En nuestro ambiente son muy frecuentes las acusaciones de hipocresía contra la Iglesia. Cualquier error o cualquier pecado de un eclesiástico es motivo suficiente para negar la santidad y la credibilidad de la Iglesia. No tenemos que tener reparo en afirmar y defender la santidad de la Iglesia. Decir que la Iglesia es santa no quiere decir que nosotros nos presentemos como santos. La Iglesia es santa por sí misma, precisamente en lo que no depende de nosotros. La Iglesia no es santa por nosotros, sino que nosotros somos santos por la Iglesia. Esto se entiende muy bien después de lo que hemos dicho. La Iglesia es Jesús, su vida, sus enseñanzas, su presencia misteriosa en nosotros. La Iglesia es la Eucaristía, los sacramentos, la fortaleza de los mártires, el amor y las obras admirables de los santos.

Pero la humildad y el realismo nos obligan a reconocer que la Iglesia, de alguna manera, también somos nosotros, todos los bautizados, por eso, mientras peregrina por este mundo, la Iglesia no es totalmente santa, nosotros con nuestros pecados, con nuestra tibieza, con nuestras omisiones, hacemos que no sea enteramente santa, como lo será después de la consumación, cuando al final de los tiempos Dios separe el trigo de la cizaña y el fuego de Dios purifique en nosotros todo lo que no es santo.
De lo cual podemos sacar dos consecuencias provechosas. La primera es que los escándalos que se puedan producir, y es verdad que se producen muchos, más de la cuenta, no tienen que disminuir en nosotros el amor y la devoción por nuestra Madre la Iglesia. La Iglesia, por sí misma, en sus orígenes y en sus fuentes, en su doctrina y en sus medios es santa y santificadora. Sus miembros, en la medida en que somos fieles a lo que de ella recibimos, nos santificamos, nos acercamos a Jesús y prolongamos sus obras de salvación. Ningún error, ningún pecado de sus hijos debilita ni mancha esta santidad esencial y definitiva de la Iglesia.

La segunda conclusión es que por correspondencia a los muchos bienes que en ella recibimos, por gratitud a Dios que nos llamó y a Jesús que nos redimió con su muerte, por lealtad con tantos hermanos santos como tenemos, nosotros tenemos también que ser dóciles a las enseñanzas de la Iglesia, dejarnos guiar por ella para que nosotros brille también la bondad de Dios y el esplendor de la nueva humanidad fundada y difundida por N.S. Jesucristo.

Vª. FUERTE EN LA DEBILIDAD

Muchas veces los cristianos somos impacientes y equivocamos el camino para hacer las cosas. Queremos responder a las críticas que padecemos con el mismo lenguaje, con los mismos estilos con que nos critican. Pretendemos servir al Reino de Dios con los mismos medios con que nos persiguen o se burlan de nosotros sus enemigos. Queremos ser fuertes teniendo más recursos, más influencias, más poder y más riquezas, para ponerlo todo al servicio del Reino de Dios. Así pensaba también San Pablo agobiado por las muchas dificultades que encontraba en su ministerio, y él mismo dice que el Señor le corrigió, haciéndolo comprender otra cosa: “te basta mi gracia”. “La fuerza de Dios se manifiesta en tu debilidad”. San Pablo aprendió la lección y sacó una consecuencia que nosotros también tenemos que aprender: “Cuando soy débil, entonces es cuando soy más fuerte”.

Hay un misterio en todo esto que no es fácil de comprender. Parece lógico que queramos disponer de los mejores medios y de los mayores recursos para difundir la palabra de Dios, para apabullar a los enemigos de Dios con la fuerza de nuestros argumentos y la abundancia de nuestros recursos. No nos damos cuenta de que la abundancia de bienes materiales y de recursos humanos puede engañarnos haciéndonos creer que somos nosotros quienes hacemos el bien, en vez de confiar humildemente en Dios y atribuirle a El lo que es obra de su bondad y de su amor.

Es el misterio de David contra Goliat, es el misterio de la debilidad de los mártires que con su fidelidad vencen la soberbia de sus verdugos, es en definitiva el misterio de la suprema debilidad de Cristo crucificado que con su obediencia filial al Padre vence las fuerzas del Mal precisamente cuando aparenta ser más débil.

El progreso y la vida del Reino es obra de Dios y Dios ha escogido el camino de la debilidad porque ha escogido el camino del amor. Dios nos ha creado a su imagen, como seres libres, responsables de nuestra vida, y quiere que crezcamos en la verdad y en el amor. Por eso mismo Dios respeta nuestros ritmos, se queda como en segunda fila, dejándonos tiempo y espacio para que nosotros vayamos asumiendo nuestras responsabilidades y haciendo a nuestro paso las tareas que nos corresponden.

Eso que algunos llaman el silencio de Dios, es en realidad el respeto y el amor de Dios. Este silencio de Dios llegó a su punto máximo en la pasión de Jesucristo. Fue el silencio de Dios el mayor amor con que Dios nos amó, dejando que Jesús venciera para siempre las fuerzas del mal, con la fuerza victoriosa de su obediencia y de su fidelidad. En El se cumplió sobre manera la afirmación de Pablo, “Cuando soy débil entonces es cuando soy más fuerte” “Todo lo puedo con la fuerza de quien me sostiene”. Este modo de obrar es una constante en la providencia de Dios, que escoge a los débiles para vencer a los fuertes, que prefiere la ignorancia de los sencillos de corazón a la sabiduría de los presuntuosos. En las relaciones con Dios todo es libertad. Esa es la debilidad y la fuerza invencible de la Iglesia.

No es fácil aprender y vivir esta lección del evangelio y de los Apóstoles. Al experimentar la debilidad de la Iglesia frente a la potencia material del laicismo fácilmente nos dejamos llevar del pesimismo o del mal humor. No nos acabamos de creer que será la debilidad de la palabra de Dios anunciada fielmente en medio de las dificultades, la debilidad de las familias cristianas fieles y fecundas, generosas y hospitalarias, el evangelismo de los discípulos de Jesús, lo que acabará venciendo las arrogancias del materialismo y convenciendo a las personas de buena voluntad. Cuando parecemos más débiles en contraste con los poderes del mundo, entonces es cuando somos más fuertes, si de verdad ponemos nuestra confianza en la palabra de Dios y en la fuerza del Espíritu.

Este fue el método de Jesús. Su Reino no era de este mundo. Su fuerza no estaba en los recursos de este mundo, sino en la fuerza de su inocencia y de su misericordia. La fuerza de Jesús es la fuerza de la verdad y del bien, la fuerza de Dios. Así lo mostró ante el siervo adulador que le abofeteó en la presencia de Herodes: “si he hablado mal dime en qué, y si no he hablado mal por qué me pegas”.

VIª. ES DE TODOS PORQUE NO ES DE NADIE

Quienes hemos tenido alguna experiencia en el gobierno y la representación de la Iglesia, hemos podido comprobar más de una vez cómo, en las discusiones y proyectos temporales, todos quieren contar con el apoyo y la aprobación de la Iglesia, quieren como acapararla para recibir el respaldo de su aprobación. A sus argumentos y estrategias quieren añadir el poder decir, “tengo razón, estoy en el buen camino, ¿no veis cómo la Iglesia está conmigo? Lo hacen las derechas y las izquierdas, los pobres y los ricos, los monárquicos y los republicanos. Todos quieren que la Iglesia les dé la razón y se enfadan contra nosotros cuando no lo hacemos.

Ahora mismo, no sé si para perjudicar al PP o para perjudicar a la Iglesia,+ seguramente para perjudicar a los dos, desde el Partido Socialista están lanzando el mensaje de que la Iglesia trabaja para el PP, y el PP está dominado por la Iglesia. Nada de eso es verdad. En su origen, en su fin y en sus medios, la Iglesia nace de Jesucristo, es de Jesucristo y se debe en todo a Jesucristo. En España hemos aprendido perfectamente la enseñanza del Concilio cuando nos dice que la Iglesia es una comunidad religiosa que viene de Dios y está en el mundo para mantener viva la misión salvadora de Jesús, sin competencia sobre los asuntos temporales. Nosotros sabemos muy bien que la Iglesia es enteramente de Cristo, y no puede entregarse a nadie más.

Y no lo podemos hacer, porque la Iglesia es de Jesús, porque la Iglesia es Jesús, porque por ser cristianos tenemos la mentalidad de Jesús, los proyectos de Jesús, las aspiraciones de Jesús y los procedimientos de Jesús. El ser cristianos nos hace ingresar y pertenecer a una comunidad diferente de todas las demás comunidades y agrupaciones. Seguimos siendo ciudadanos, participamos como todos en todas las cuestiones temporales que nos afectan a nosotros y afectan a nuestros prójimos. Pero además somos miembros de esta comunidad nueva de los amigos de Jesús que nos permite adorar a Dios con la religión filial de Jesús y nos enseña a poner el bien de los demás como objetivo primario en todas nuestras actividades y en todos los órdenes y momentos de la vida. Podemos ser cristianos viviendo en cualquier país, trabajando en cualquier oficio, manteniendo unas preferencias determinadas en economía, en política, en los diferentes aspectos de nuestra vida. Pero siempre hemos de tener muy claras dos cosas.

1ª, Ningún país, ningún partido, ninguna clase de personas puede adueñarse de la Iglesia que sería tanto como adueñarse de Jesús y del mismo Dios. Nadie tiene privilegios delante de Dios, nadie puede pretender tener el monopolio de las enseñanzas y del espíritu de Jesucristo, negándoselas a los demás.

2ª, Esté en donde esté, sea lo que sea, pertenezca a lo que pertenezca, un cristiano nunca puede poner las ideas o los objetivos de su organización, de su grupo o de su pueblo por encima de las enseñanzas, de los objetivos y de las normas de la Iglesia, que nacen de la enseñanza de Jesús y de los Apóstoles. Nuestra respuesta al amor de Dios está por encima de cualquier otra doctrina. Los cristianos no aprendemos a ser cristianos ni a ser justos en los cursillos de ningún partido, sino en la persona de Cristo creída y amada por encima de todas las cosas. Los que militan en una asociación cualquiera no pueden pretender que la Iglesia se ajuste y se someta a las exigencias de su organización, sino que tienen que procurar que en su organización se tengan en cuenta las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia, y si no pueden hacerlo lo que tendrían que hacer es marcharse a otro sitio. Cuando los dirigentes o los miembros de algún partido, presentándose como católicos, quieren que la Iglesia se acomode a las directrices de su partido para poder vivir cómodamente en la Iglesia y en el Partido, yo les diría que por qué no intentan que su Partido acepte las enseñanzas de la Iglesia en materias morales como la familia, el respeto a la vida y otras cosas semejantes.

Manteniéndose libre de todo enfeudamiento, la Iglesia puede estar presente en todos los países y en todas las culturas, a todos los ofrece los mismos bienes y con todos entra en comunicación, purificando, enriqueciendo, humanizando y santificando la vida de todas las personas y de todos los pueblos. De esta manera, es a la vez una y múltiple, enriquece el patrimonio de cada pueblo respetando su identidad y actúa suavemente como una fuerza convergente que acortando distancias entre pueblos y culturas, construyendo la unidad real de la humanidad en torno a la verdad de Dios y a la Persona santa de N.S. Jesucristo, Señor y Pastor universal de toda la humanidad. En torno a Jesucristo, todos los pueblos, formamos un solo pueblo, con nuestros elementos culturales comunes, nuestra historia y nuestros antepasados comunes, nuestras costumbres y nuestras fiestas aceptadas y celebradas por todos. De esta manera la unidad de la Iglesia es germen y vínculo de unidad y de crecimiento para la humanidad entera.

VIIª. SE ACTUALIZA PERO NO SE ACOMODA

Hoy es muy frecuente oír “es que la Iglesia tiene que acomodarse a los nuevos tiempos”. Incluso hay quien piensa y nos dice que para que los jóvenes se acerquen a la Iglesia tenemos que cambiar y acomodarnos a los tiempos en muchas cosas de diversa importancia, desde la ordenación de las mujeres, hasta la doctrina sobre el matrimonio o la moral sexual. Si recordamos lo que decíamos al principio veremos fácilmente el error de esta manera de pensar. La Iglesia es de Jesús, viene de Jesús, conserva las enseñanzas de Jesús, vive con el espíritu de Jesús, busca y espera las promesas de Jesús. Por eso no necesita imitar a nadie ni puede someterse a nadie. La Iglesia no puede vivir a remolque del mundo. Los cristianos no podemos imitar la vida ni copiar la moral de los no cristianos. Nos alimentamos de nuestras propias tradiciones, tenemos nuestra propia doctrina, mantenemos nuestros propios modelos de vida.

Es verdad que no podemos vivir al margen de lo que ocurre en el mundo. El amor del prójimo nos obliga a transmitirles la buena noticia del amor de Dios y de las promesas de la vida eterna del mejor modo posible para que ellos también puedan vivir con la alegría y la esperanza con que nosotros vivimos. Y para eso tenemos que saber cómo piensan y cómo viven, pero lo que nosotros hemos de vivir y lo que hemos de trasmitirles no nos viene de ellos sino de nuestro Señor Jesucristo por la tradición de los Apóstoles. Esto ha sido así siempre y tendrá que seguir siendo en el futuro. Si el mensaje cristiano tuviera que cambiar sometiéndose a las tendencias de cada cultura y de cada época, pronto perdería su identidad diluido entre las opiniones de los hombres.

Esta doctrina no es siempre del agrado de los poderosos. El mundo considera injuria la existencia de una comunidad que no se someta a sus criterios. El poder temporal, dejándose llevar de su dinámica interior, pretende a veces extender desmesuradamente sus competencias para dominar al hombre entero. Los poderes de este mundo no admiten que nadie desde abajo les marque sus limitaciones. No quieren cortapisas. A primera vista puede parecer que todo en el mundo sería más sencillo, más claro, más racional y más manejable si no existiera la Iglesia, si no existiera en la sociedad una referencia a Dios que es imprevisible e ingobernable. Pero la existencia de la Iglesia, siendo el eco permanente de la sabiduría y de la voluntad del Dios creador y salvador, es garantía de la libertad de los hombres frente a todos los poderes de este mundo, manifestación permanente del misterio del hombre que consiste en su relación personal con Dios y que le hace mayor que todas las instituciones de este mundo y libre desde el fondo de su corazón frente a todas ellas. Esta es la gran lección de los mártires, semilla, modelo y orgullo de los cristianos. San Ambrosio lo expresó muy bien en sus luchas contra los abusos del poder temporal: “Las cosas divinas no están sometidas a la autoridad de este mundo”.

Mantener la identidad y la libertad de la Iglesia respecto de los poderes y las altanerías de nuestro mundo es una tarea esencial de los pastores de la Iglesia y de todos los cristianos. Cuando los Obispos nos oponemos a algunas teorías o a algunas obras que suenan bien, que atraen fácilmente el aplauso de la gente, incluso de los no cristianos, tenéis que tratar de comprender nuestras razones situando la cuestión en esta perspectiva de la necesaria conservación de la identidad de la Iglesia. Nuestra primera obligación es ser siempre fieles a la palabra de Jesús y a las enseñanzas de los Apóstoles. No es buen criterio para opinar sobre las cosas de la Iglesia esa voluntad que algunos tienen por estar bien con todos y por ganar la benevolencia de los no cristianos aun a costa de la identidad y de la fidelidad de la Iglesia. No conviene olvidar que la Iglesia es, como dice el P. De Lubac “la presencia consoladora e incómoda de Dios en el mundo”. Consoladora porque nos trae la salvación, incómoda porque denuncia la vanidad y la sinrazón de nuestro orgullo.

VIII ª. SALVA A LOS DE DENTRO Y A LOS DE FUERA

Nuestra sociedad va siendo cada vez más pluralista y heterogénea. Se acabó el tiempo de la convivencia estable de las mismas familias y las mismas personas en cada pueblo, en cada territorio. La vida moderna es una vida de gran movilidad, es el tiempo de las migraciones, de los intercambios, de la mundialización del comercio, de la cultura, y hasta de las vacaciones. En cualquier lugar convivimos personas de distintas razas, de religiones diferentes, de culturas y costumbres diversas.

Esta nueva situación nos plantea problemas nuevos y nos obliga a resolver nuevas cuestiones. El hecho de vivir con un horizonte tan amplio de opiniones y formas de vida plantea agudamente la cuestión de la universalidad de la redención de Jesucristo. En una humanidad tan variada ¿es posible seguir afirmando el carácter universal y católico de la fe cristiana? ¿tiene sentido decir hoy que Jesucristo es el Salvador único y universal de la humanidad?

Para escapar de la presión de estas preguntas algunos buscan la solución fácil de decir que Jesucristo no es un Salvador universal y exclusivo, sino que es uno de los cuatro o cinco grandes profetas que han abierto a la humanidad diversos caminos hacia Dios y hacia la vida inmortal. Todos con valor semejante e intercambiable. No es preciso hacerse cristiano. Lo importante es que cada uno sea fiel a su propio camino. Otros pretenden mantener el valor universal del cristianismo recortando sus elementos específicos para hacerlo compatible con las demás religiones y con las tendencias culturales predominantes en una especie de difuso y confuso humanismo universal.

La doctrina de la Iglesia rechaza estas soluciones fáciles de puro oportunismo pragmático. Con la Iglesia universal, decimos que Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, es el salvador universal de todos los hombres y de todo lo humano. Por muy complicada que nos aparezca la realidad de la vida humana, no podemos pensar que pueda haber sorpresas para el Creador. Dios Creador ha enviado a su Hijo para reunir y conducir hasta la vida eterna a todos los hombres. Así es como hablan las Escrituras. Decir otra cosa sería poner en cuestión la verdad de la Encarnación y la divinidad de Jesucristo, centro y soporte de la fe cristiana. “En El fueron creadas todas las cosas. Todo fue creado por El y para El. Todo tiene en el su consistencia. Dios tuvo a bien poner en El toda la plenitud para reconciliar por El y para El todas las cosas.” La redención es coextensiva con la creación.

Esto no quiere decir que desconozcamos el valor de las otras religiones y de los valores culturales conseguidos laboriosamente por el hombre a lo largo de los siglos. Todo lo bueno que hay en las diferentes realizaciones humanas, sean las religiones, la filosofía, el desarrollo maravilloso de las ciencias, primero, todo ello está impulsado y sostenido por el Verbo de Dios y tiene en Jesucristo su plenitud para gloria de Dios y bien de los hombres. El Islam, el budismo, la misma crítica antirreligiosa, cuando están hechas con rectitud y sinceridad, tienen fragmentos de verdad, que los cristianos podemos y debemos reconocer, seguros de que están incluidos en el interior de la sabiduría cristiana, y pueden ser iluminados y vividos desde ella en su plenitud. Jesús es el centro de la humanidad y de la creación, todo encaja con El y tiene en El su acabamiento y su razón de ser.

Se engañan quienes pretenden universalizar el cristianismo rebajando sus exigencias y diluyendo sus notas características para hacerlo compatible con todas las mentalidades y todas las actitudes. El cristianismo es lo que es, desde el principio y hasta el final de los siglos, arraigado como está en la vida de Jesús y en la tradición apostólica. Pero aun siendo una realidad histórica concreta y de apariencias pequeñas (un poco de levadura, una luz sobre el candelero, la más pequeña de las semillas) su influencia llega mucho más allá de sus fronteras, iluminando las mentes de los hombres y trasformando las realidades humanas mucho más profundamente de lo que parece, incluso aquellas realidades que aparentemente están inmunizadas o blindadas contra su influencia. La fuerza y el alcance de esta influencia no dependen tanto del número como de la autenticidad y fidelidad de la vida de los cristianos. La luz, si es clara y fuerte, alumbra mucho más allá de ella misma. La levadura extiende su influencia al conjunto de la masa. Así la Iglesia y la vida de los cristianos ilumina, purifica y promueve la vida de los hombres y de la sociedad mucho más allá de los límites visibles y estrictos de la Iglesia. No tengamos miedo de ser pocos. Nuestra obligación más inmediata es la autenticidad, no la cantidad. Si somos cristianos cabales, la Iglesia crecerá. La autenticidad produce la cantidad, pero no al revés.

IX ª. SIEMPRE MAL Y SIEMPRE BIEN.

Actualmente hay muchas personas alarmadas que piensan que la Iglesia española ha entrado en un período de decadencia. Así nos lo están diciendo desde las filas del laicismo. Es cierto que nada está garantizado y la debilidad o los errores de los cristianos pueden hacer que desaparezca la fe o disminuya mucho el número de los cristianos en un país o en una sociedad determinada. De hecho esto ya ha ocurrido en otros lugares. Hay países donde floreció la vida cristiana, y donde hoy su presencia es muy escasa o ha desaparecido casi del todo. Así ocurrió en el norte de Africa y podía haber ocurrido también en España si la dominación islámica se hubiera establecido definitivamente. Ahora mismo, en algunas regiones españolas puede haber peligro real de una drástica disminución del cristianismo en una o dos generaciones.

Sin embargo, para que nuestro juicio sea correcto, tenemos que tener en cuenta que el vigor y la fuerza de la Iglesia no está en nosotros, sino en la verdad esplendorosa de la palabra de Jesús y en el poder de su Espíritu, eso es lo que verdaderamente mantiene la fuerza los cristianos y lo que hace que el cristianismo conserve su capacidad de expansión ganando la adhesión de nuevas personas y nuevos pueblos.

Es verdad que somos débiles, es verdad que traicionamos muchas veces nuestras convicciones y no somos buenos testigos de la grandeza de Jesús ni de la bondad de Dios, es verdad que la vida cristiana encuentra muchas dificultades en este mundo, y las encuentra también hoy en España, pero es todavía más cierto que el amor de Jesucristo y la fuerza del Espíritu Santo nos da fuerzas en medio de nuestras debilidades y nos hace más fuertes que todos los enemigos del Reino de Dios. “Os he dicho estas cosas para tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo! Yo he vencido al mundo (Jn 16, 23). La victoria de Jesús es su resurrección, por supuesto, pero es también su obediencia hasta la muerte, su amor fiel, que se sobrepone a las fuerzas del mal y al terror de la muerte. Su victoria es también nuestra victoria. Por la fe en El, su fortaleza es nuestra fortaleza, su libertad es nuestra libertad, y su amor invencible es también nuestro amor.

Es verdad que llevamos el tesoro de nuestra fe en el barro de nuestra debilidad, pero esto es así precisamente para que se manifieste mejor el poder y la bondad de Dios. Nos persiguen pero no podrán con nosotros; podemos estar desconcertados pero nunca desesperados; parece que estamos derrotados pero nunca aniquilados. Llevamos en nuestros cuerpos la debilidad de la cruz de Jesús, pero el poder de su resurrección, si somos fieles, se manifiesta ya en nosotros por encima de todo. Creemos y por eso hablamos con valentía, para que los bienes de la salvación de Dios lleguen a todos y ganen sus corazones. Este es nuestro consuelo y esta es nuestra esperanza.

Con los cristianos de todos los tiempos, en los tiempos de tribulación decimos “Ven Señor Jesús”. Y oímos su respuesta que es siempre y en todas partes la fuente secreta de la esperanza de los cristianos y de la fortaleza de los mártires: “Sí, pronto vendré” y haré nuevas todas las cosas. Esta es la palabra que nace del corazón de la Iglesia en tiempos de prueba. Este tiene que ser ahora el apoyo de nuestra fidelidad y de nuestra esperanza.

+ Fernando Sebastián Aguilar
Arzobispo Emérito de Pamplona-Tudela

No hay comentarios: