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viernes, 10 de abril de 2009

"HASTA LA MUERTE, Y MUERTE DE CRUZ"


Predicación del Viernes Santo 2009 en la Basílica de San Pedro

"Christus factus est pro nobis oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis": "Por nosotros Cristo fue obediente hasta la muerte. Y muerte de cruz". En el bimilenario del nacimiento del apóstol Pablo, volvemos a escuchar algunas de sus ardientes palabras sobre el misterio de la muerte de Cristo que estamos celebrando. Ninguno puede ayudarnos mejor que él para comprender su significado y su alcance.

A los Corintios, escribe a modo de manifiesto: "Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los que son llamados, sean judíos o griegos, predicamos un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1 Co 1,22-24). La muerte de Cristo tiene un alcance universal: "Si uno murió por todos, todos por tanto murieron" (2 Co 5,14). Su muerte ha dado un sentido nuevo a la muerte de cada hombre y de cada mujer.

A los ojos de Pablo la cruz asume una dimensión cósmica. Por ella Cristo ha abatido el muro de separación, ha reconciliado a los hombres con Dios y entre sí, destruyendo la enemistad (Cf. Ef. 2,14-16). De aquí la primitiva tradición desarrollará el tema de la cruz árbol cósmico cuyo brazo vertical une el cielo y la tierra, y cuyo brazo horizontal reconcilia entre sí a los diversos pueblos del mundo. Evento cósmico y al mismo tiempo personalísimo: "Me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2,20). Cada hombre, escribe el Apóstol, es "aquel por quien murió Cristo" (Rm 14,15).

De todo ello nace el sentimiento de la cruz ya no como castigo, reproche o causa de aflicción, sino como gloria y honor del cristiano, esto es, como una jubilosa seguridad, acompañada de conmovida gratitud, en la que el hombre se eleva en la fe: "En cuanto a mí, ¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!"(Ga 6,14).

Pablo ha plantado la cruz en el centro de la Iglesia como el palo mayor en el centro de la nave; ha hecho de ella el fundamento y el baricentro de todo. Ha fijado para siempre el marco del anuncio cristiano. Los evangelios, escritos después de él, seguirán su esquema, haciendo del relato de la pasión y muerte de Cristo el eje hacia el que se orienta todo.

Es sorprendente la empresa que llevó a término el Apóstol. Para nosotros actualmente es relativamente fácil ver las cosas bajo esta luz, después de que la cruz de Cristo, como decía Agustín, haya colmado la tierra y brille ahora sobre la corona de los reyes [1]. Cuando Pablo escribía, aquella todavía era sinónimo de la mayor ignominia, algo que ni siquiera se debía nombrar entre personas educadas.

* * *

El objetivo del año paulino no es tanto el de conocer mejor el pensamiento del Apóstol (esto lo hacen los estudiosos desde siempre, sin contar con que la investigación científica requiere tiempos más largos que un año); es más bien, como ha recordado en varias ocasiones el Santo Padre, el de aprender de Pablo cómo responder a los desafíos actuales de la fe.

Uno de estos desafíos, tal vez el más abierto que se haya conocido hasta la fecha, se ha traducido en un eslogan publicitario en los medios de transporte público de Londres y de otras ciudades europeas: "Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida": There's probably no God. Now stop worrying and enjoy your life.

El mayor efecto de este eslogan no está en la premisa "Dios no existe", sino en la conclusión: "¡Disfruta de la vida!". Se sobreentiende el mensaje de que la fe en Dios impide disfrutar de la vida; es enemiga de la alegría. ¡Sin ella habría más felicidad en el mundo! Pablo nos ayuda a dar una respuesta a este desafío, explicando el origen y el sentido de todo sufrimiento, a partir del de Cristo.

¿Por qué "era necesario que el Cristo padeciera y entrara así en su gloria"? (Lc 24,26). A esta pregunta se da a veces una respuesta "débil" y, en cierto sentido, tranquilizadora. Cristo, revelando la verdad de Dios, provoca necesariamente la oposición de las fuerzas del mal y de las tinieblas y éstas, como había ocurrido en los profetas, llevarán a su rechazo y a su eliminación. "Era necesario que el Cristo padeciera" se entiende, por lo tanto, en el sentido de que "era inevitable que el Cristo padeciera".

Pablo brinda una respuesta "fuerte" a ese interrogante. La necesidad no es de orden natural, sino sobrenatural. En los países de antigua fe cristiana, se asocia casi siempre la idea de sufrimiento y de cruz a la de sacrificio y de expiación: el sufrimiento -se piensa- es necesario para expiar el pecado y aplacar la justicia de Dios. Es esto lo que ha provocado, en la época moderna, el rechazo de toda idea de sacrificio ofrecido por Dios y, finalmente, la idea misma de Dios.

No se puede negar que a veces los cristianos nos hemos expuesto a esta acusación. Pero se trata de un equívoco que un conocimiento mejor del pensamiento de san Pablo ya ha aclarado definitivamente. Él escribe que Dios prefijó a Cristo "para que sirviera como instrumento de expiación" (Rm 3,25); pero tal expiación no actúa sobre Dios para aplacarle, sino sobre el pecado para eliminarlo. "Se puede decir que es Dios mismo, no el hombre, quien expía el pecado... La imagen es más la de la remoción de una mancha corrosiva o la neutralización de un virus letal que la de una ira aplacada por el castigo" [2].

Cristo ha dado un contenido radicalmente nuevo a la idea de sacrificio. En él "ya no es el hombre el que ejerce una influencia sobre Dios para que se aplaque. Más bien es Dios quien actúa para que el hombre desista de la propia enemistad contra él y hacia el prójimo. La salvación no empieza con la petición de reconciliación por parte del hombre, sino con la petición de Dios: ‘Dejaos reconciliar con Él'(1 Co 2,6 ss)" [3].

El hecho es que Pablo se toma en serio el pecado, no lo banaliza. El pecado es, para él, la causa principal de la infelicidad de los hombres, o sea, el rechazo de Dios, ¡no Dios! [El pecado] encierra a la criatura humana en la "mentira" y en la "injusticia" (Rm 1,18ss.; 3,23), condena al mismo cosmos material a la "vanidad" y a la "corrupción" (Rm 8,19ss.) y también es la causa última de los males sociales que afligen a la humanidad.

Se analiza sin parar la crisis económica que atraviesa el mundo y sus causas, pero ¿quién se atreve a meter el hacha en la raíz y a hablar de pecado? El Apóstol define la avaricia insaciable como una "idolatría" (Col 3,5) e indica en la desenfrenada codicia de dinero "la raíz de todos los males" (1 Tm 6,10). ¿Podemos decir que se equivoca? ¿Por qué tantas familias reducidas a la miseria, masas de obreros sin trabajo, más que por la sed insaciable de provecho por parte de algunos? La élite financiera y económica mundial se había convertido en la locomotora enloquecida que avanzaba desenfrenadamente, sin preocuparse del resto del tren, que se había detenido distante en las vías. Íbamos todos "a contramano".

* * *

Con su muerte, Cristo no sólo ha denunciado y ha vencido el pecado; ha dado también un sentido nuevo al sufrimiento, incluso aquél que no depende del pecado de nadie, como es el caso del que se ha desencadenado, esta semana, en la cercana región del Abruzo a causa del devastador terremoto.

Ha hecho [del sufrimiento] un instrumento de salvación, un camino a la resurrección y a la vida. Su sacrificio ejerce sus efectos no a través de la muerte, sino gracias a la superación de la muerte, esto es, a la resurrección. "Murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación" (Rm 4,25): los dos acontecimientos son inseparables en el pensamiento de Pablo y de la Iglesia.

Es una experiencia humana universal: en esta vida placer y dolor se suceden con la misma regularidad con la que, al elevarse una ola del mar, le sigue un hundimiento y un vacío que absorbe al náufrago hacia atrás. "Un no sé qué de amargo -escribió el poeta Lucrecio- surge de la intimidad misma de todo placer y nos angustia en medio de las delicias" [4]. El consumo de drogas, el abuso del sexo, la violencia homicida, suscitan en el momento la ebriedad del placer, pero conducen a la disolución moral y frecuentemente también física de la persona.

Cristo, con su pasión y muerte, ha dado un vuelco a la relación entre placer y dolor. Él "en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz" (Hb 12,2). No se trata ya de un placer que termina en sufrimiento, sino de un sufrimiento que lleva a la vida y al gozo. No se trata sólo de una sucesión distinta de las dos cosas; es la alegría, en este modo, la que tiene la última palabra, no el sufrimiento; y una alegría que durará eternamente. "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y la muerte ya no tiene dominio sobre él" (Rm 6,9). Ni lo tendrá sobre nosotros.

Esta nueva relación entre sufrimiento y placer se refleja en el modo de marcar el tiempo en la Biblia. En el cálculo humano el día empieza con la mañana y concluye con la noche; para la Biblia, comienza con la noche y termina con el día: "Y atardeció y amaneció: día primero", dice el relato de la creación (Gn 1,5). No carece de significado que Jesús muriera por la tarde y resucitara por la mañana. Sin Dios, la vida es un día que termina en la noche; con Dios, es una noche que termina en el día, y un día sin ocaso.

Así que Cristo no ha venido para aumentar el sufrimiento humano o para predicar la resignación a éste; ha venido para darle un sentido y anunciar su final y su superación. Leen ese eslogan en los autobuses de Londres y de otras ciudades también los padres con un hijo enfermo, las personas solas o que se han quedado sin trabajo, los exiliados que huyen de los horrores de la guerra, quienes han sufrido graves injusticias en la vida... Intento imaginar su reacción al leer las palabras: "Probablemente Dios no existe: ¡disfruta de la vida!". ¿Con qué?

El sufrimiento ciertamente sigue siendo un misterio para todos, especialmente el sufrimiento de los inocentes; pero sin fe en Dios, se convierte en algo inmensamente más absurdo. Se le priva hasta de la última esperanza de rescate. El ateísmo es un lujo que se pueden permitir sólo los privilegiados de la vida, los que han tenido todo, incluida la posibilidad de dedicarse a los estudios y a la investigación.

* * *

No es la única incongruencia de esa idea publicitaria. "Dios probablemente no existe": así que incluso podría existir; no se puede excluir del todo que exista. Sino, querido hermano no creyente, si Dios no existe, yo no pierdo nada; si en cambio existe, ¡tú has perdido todo! Deberíamos casi dar las gracias al promotor de esa campaña publicitaria; ha servido a la causa de Dios más que muchos de nuestros argumentos apologéticos. Ha mostrado la pobreza de sus razones y ha contribuido a sacudir muchas conciencias adormecidas.

Dios, sin embargo, tiene una medida de juicio diferente a la nuestra y si ve la buena fe, o una ignorancia inculpable, salva también a quien durante la vida se ha esforzado en combatirle. Los creyentes debemos prepararnos a sorpresas al respecto. "¡Cuántas ovejas están fuera del redil -exclama Agustín- y cuantos lobos dentro!": "Quam multae oves foris, quam multi lupi intus!" [5].

Dios es capaz de hacer de sus detractores más encarnecidos, sus apóstoles más apasionados. Pablo es la demostración de ello. ¿Qué había hecho Saulo de Tarso para merecer aquel encuentro extraordinario con Cristo? ¿Qué había creído, esperado, sufrido? A él se aplica lo que decía Agustín de toda elección divina: "Busca el mérito, busca la justicia, reflexiona y mira si encuentras otra cosa que la gracia" [6]. Es así como él explica su propia llamada: "Soy indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy" (1 Co 15,9-10).

La cruz de Cristo es motivo de esperanza para todos y el año paulino una ocasión de gracia también para quien no cree y está en búsqueda. Una cosa habla a su favor ante Dios: ¡el sufrimiento! Como el resto de la humanidad, también los ateos sufren en la vida, y el sufrimiento, desde que el Hijo de Dios lo cargó sobre sí, tiene un poder redentor casi sacramental. Es un canal, escribía Juan Pablo II en la "Salvifici doloris", a través del cual las energías salvíficas de la cruz de Cristo se ofrecen a la humanidad [7].

A la invitación a orar "por los que no creen en Dios" le seguirá, en unos instantes, una conmovedora oración en latín. Traducida, dice así: "Dios omnipotente y eterno, que has puesto en el corazón de los hombres una nostalgia tan profunda de ti que sólo cuando te encuentran hallan la paz: haz que, más allá de todo obstáculo, todos reconozcan los signos de tu bondad y, animados por el testimonio de nuestra vida, tengan el gozo de creer en ti, único verdadero Dios y Padre de todos los hombres. Por Cristo Nuestro Señor".

[Traducción del original italiano por Marta Lago]

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[1] San Agustín, Enarr. in Psalmos, 54, 12 (PL 36, 637).

[2] J. Dunn, La teologia dell'apostolo Paolo, Paideia, Brescia 1999, p. 227.

[3] G. Theissen - A. Merz, Il Gesù storico. Un manuale, Queriniana, Brescia 20032, p. 573.

[4] Lucrecio, De rerum natura, IV, 1129 s.

[5] San Agustín, In Ioh. Evang. 45,12.

[6] San Agustín, La predestinazione dei santi 15, 30 (PL 44, 981).

[7] Cf. Encíclica "Salvifici doloris", 23.


P. Raniero Cantalamessa, ofmcap.

fuente: Zenit.org

lunes, 18 de febrero de 2008

Carta abierta a J.A. Pagola

Querido hermano y compañero en el sacerdocio y en la tarea de escribir.

Dentro del maremagnum informativo sobre tu libro no sé si la palabra de un contemplativo te servirá de algo. He leído el libro y he leído lo que han dicho de él, y también unas palabras tuyas.

El libro lo he leído en el silencio y en la contemplación, lugares desde donde creo lo escribiste. Y desde esos mismos lugares-no lugares, te dirijo unas palabras de acompañamiento y consuelo, y, permíteme, de consejo (perdón por la presunción; incluso creo que soy más joven que tú).

Deja que el libro haga su labor. No respondas ni contestes a nadie. El Evangelio, al que servimos, supone que alguien nos ha llamado en privado para decirnos aquello que debemos corregir. Si no lo ha hecho no merece, evangélicamente, una respuesta. Acaso comprensión cristiana y nuestra oración.

Un libro, lo sabes muy bien, es como un hijo al que hay que dejar crecer en libertad, no un hijo al que hay que acompañar y justificar, defender y proteger. Si se hace eso los hijos no crecen, no se desarrollan y serán unos inútiles toda la vida. El libro hará su camino, iluminará las mentes, hará amigos, entablará relaciones, creará simpatías o antipatías, es decir, asumirá todos los riesgos de la existencia.

Mejor que no respondas, pues, la verdad, esas cosas que digas ya no nos interesan a nadie que no estemos en el contexto de las cosas. Cuando ingresé en el monasterio quería "justificar" ante todo el mundo la vida contemplativa; tras bastantes años queriendo ser monje, me he dado cuenta de que la vida contemplativa, el monje, el monasterio se "justifican" por sí solos, estando donde están, y, a veces, solamente estando, siendo.

Lo mismo pasa con los libros. Se escriben para que estén, para que sean leídos o no, para que pasen de mano en mano, o esperen tranquilamente que alguien repare en ellos. No hay que defenderlos, ni justificarlos. Quienes escriben libros deben ser como el monje que asume su silencio, su "inutilidad", su deseo de no dejarse notar (aunque esté cayendo en la contradicción de dejarme notar yo mismo). El libro que has escrito es bello, hermoso, está muy bien como está, sin más aditivos.

Y tú, tras lo dicho, no debes entrar "al trapo", como decía mi abuelo, clásico él; los que amen las disputas no deben encontrarnos en ellas. Quienes sabemos un poco de historia de la literatura cristiana sabemos de la historia de los libros y de sus autores, por eso debemos tener bien aprendida la lección y no caer en errores del pasado, ni alimentar las pasiones discursivas del presente.
Tu libro, como Jesús, es un signo de contradicción, y ningún discípulo va a ser mayor que el maestro. Déjalo en la cruz, que ya llegará la resurrección.

Con afecto. Francisco R. de Pascual, ocso.

Abadía Cisterciense de Viaceli, CÓBRECES (Cantabria)

viernes, 24 de agosto de 2007

'Jesús de Nazaret', de Benedicto XVI: la historia y el dogma

¿Por qué está triunfando este libro, que en dos días ha vendido 50.000 ejemplares en Italia?

En el anunciado libro de Benedicto XVI convergen tres elementos que realzan su singularidad: su autor, su tema, la oportunidad de su publicación.El autor es Joseph Ratzinger, posiblemente el teólogo vivo más importante del catolicismo. Pero Joseph Ratzinger no es hoy solamente un teólogo: es el Papa.

Habitualmente, los Papas escriben encíclicas, exhortaciones apostólicas u otros géneros de enseñanza magisterial. No es lo más normal que los Papas escriban libros, aunque en esto, como en tantas otras cosas, Juan Pablo II haya roto moldes.

Sin embargo, a pesar de ese precedente, creo que se trata del primer ensayo teológico, en sentido estricto, que publica un teólogo convertido en Papa. ¿Cómo ha de ser leído el libro? Benedicto XVI lo ha dejado ya muy claro: no como una enseñanza papal, sino como una obra de un autor privado. Con la posibilidad, por consiguiente, de disentir, ya que, en principio, su argumentación valdrá lo que valgan sus razones.El tema es, igualmente, de enorme interés: Jesús de Nazaret. El cristianismo no hace referencia, en primer lugar, a una doctrina, sino a la Persona de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, el Salvador del mundo.

La identidad y la misión de Jesús están a la base de la confesión de fe de la Iglesia. Los cristianos somos, esencialmente, discípulos de este Jesús, llamado el Cristo.

"El asunto Jesús" interesa al público; ¿por qué?

El tercer factor destacable es la oportunidad del libro. Basta visitar una superficie comercial para comprobar que, entre los títulos más vendidos, abundan aquellos que versan sobre Jesús o sobre los orígenes del cristianismo. El éxito inaudito de "El Código da Vinci", pese a su escasa calidad literaria, demuestra que el "asunto Jesús" interesa al gran público, e interesa mucho.¿Qué pretende el Papa - el teólogo Ratzinger - con esta obra? Por lo que hasta ahora ha trascendido y a la espera de una lectura atenta de la misma, creo que hay un elemento que cobra protagonismo: el afán de mostrar el acuerdo, la no disconformidad entre la fe y la historia, entre el dogma y la investigación crítica.

En el fondo, los problemas planteados por el Modernismo - y antes por la Ilustración - no se han resuelto del todo. ¿Hay enemistad entre la historia y el dogma? ¿Son esferas contradictorias o complementarias? ¿Ha construido la Iglesia una imagen de Jesús que traiciona la verdad de la investigación crítica? ¿Es preciso apartarse de la fe para recuperar la verdad del Nazareno?Una primera constatación se impone: Si Jesús hubiese sido solamente un rabbí de la Palestina del siglo I, no se explicarían tantos esfuerzos, tantos libros, tanta preocupación por indagar en la realidad de su historia. Si Jesús interesa, veinte siglos después, se debe a que es reconocido, hoy, como el Cristo, como la revelación definitiva de Dios. La Iglesia que tiene en Él su origen, su fundador y su permanente fundamento impide que Jesús de Nazaret sea asimilado, sin más, a los grandes personajes del pasado.

Para saber... ¿es imprescindible dejar de creer?

La trayectoria de la investigación histórica sobre Jesús es compleja y variada. En la llamada "Old Quest", o antigua búsqueda, se resaltaba la oposición entre el Jesús histórico - la reconstrucción de su figura surgida de la investigación - y el dogma cristológico. Reimarus, Strauss, Renan, Wrede eran sendos portavoces del prejuicio ilustrado según el cual, para saber, hay que dejar de creer.Bultmann inauguró una nueva etapa. La fe cristiana se remite al "kerygma", al anuncio, no a la historia de Jesús. Lo único importante es el Cristo de la fe, el "Christus pro nobis", aquel que puede iluminar mi existencia y dotarla de sentido.La continuidad entre el Jesús histórico y el Cristo del kerygma es puesta de relieve en 1953 por E. Käsemann, que da origen a la "New Quest", a la nueva búsqueda de la historia de Jesús. Los evangelios, argumentaba Käsemann, muestran la continuidad entre el Jesús terreno y el Cristo de la fe. Si la historia de Jesús fuese irrelevante, no se explicaría la redacción de estos textos. En la misma línea, J. Jeremias insistía en la necesidad de volver al Jesús histórico y a su predicación.La "Third Quest" destaca la renovada continuidad entre Jesús de Nazaret y los evangelios. En esta "tercera búsqueda" sobresalen los nombres de E.P. Sanders, J.D. Crossan, G. Lüdemann, J.P. Meier o G. Theissen. Una búsqueda apasionada e interesante, pero parcial, al menos en sus versiones más radicales, en la medida en que se excluye la posibilidad de una intervención de Dios en la historia.

Es posible reconciliar historia y dogma

Ya Maurice Blondel, a comienzos del siglo XX, se había preguntado en "Histoire et Dogme" sobre la posibilidad de reconciliar ambas dimensiones; la historia y el dogma. La Tradición se vislumbraba a los ojos del filósofo francés como el principio que podría conciliarlas, sin humillar ni a la una ni a la otra. Algo así debe subyacer en la aproximación del Papa teólogo: el afán de mostrar la posibilidad y la plausibilidad histórica de Jesucristo, tal como es confesado por la fe de los creyentes.

En definitiva, si Él es el Hijo de Dios, la fe no es superflua para reconocerlo en su realidad más real. Por el contrario, se perfila como la óptica precisa para discernir, incluso, los vestigios que ha dejado en la historia.

Guillermo Juan Morado
Forum Libertas

miércoles, 22 de agosto de 2007

El don de la comunión en el misterio de la unidad de Cristo y la Iglesia

«En la Iglesia el Señor sigue siendo siempre nuestro contemporáneo»

Benedicto XVI meditó sobre «El don de la "Comunión"», en el marco de las catequesis que ofrece sobre el «misterio de la relación entre Jesús y la Iglesia».
29 marzo 2006

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A través del ministerio apostólico, la Iglesia, comunidad reunida por el Hijo de Dios hecho carne, vivirá a través de los tiempos, edificando y alimentando la comunión en Cristo y en el Espíritu, a la que todos están llamados y en la que pueden experimentar la salvación entregada por el Padre. Los doce apóstoles --como dice el Papa Clemente, tercer sucesor de Pedro, al final del siglo I-- se preocuparon por constituir a sucesores suyos (Cf. 1 Clemente 42, 4) para que la misión que se les confío continuara después de la muerte. A través de los siglos, la Iglesia, estructurada bajo la guía de los legítimos pastores, ha seguido viviendo en el mundo como misterio de comunión, en el que se refleja en cierto sentido la misma comunión trinitaria, el misterio del mismo Dios.

El apóstol Pablo menciona ya este supremo manantial trinitario cuando desea a sus cristianos: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2 Corintios 13, 13). Estas palabras, probable eco del culto de la Iglesia naciente, subrayan cómo el don gratuito del amor del Padre en Jesucristo se realiza y se expresa en la comunión que actúa el Espíritu Santo. Esta interpretación, basada en la inmediata relación que establece el texto entre los tres genitivos («la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo»), presenta la «comunión» como don específico del Espíritu, fruto del amor entregado por Dios Padre y de la gracia ofrecida por el Señor Jesús.

Además, el contexto, caracterizado por la insistencia en la comunión fraterna, nos lleva a ver en la «koinonía» del Espíritu Santo no sólo la «participación» en la vida divina de manera casi individual, como si cada uno estuviera por su lado, sino también lógicamente la «comunión» entre los creyentes, que el Espíritu mismo suscita como su artífice y principal agente (Cf. Filipenses 2, 1). Podría afirmarse que gracia, amor y comunión, referidos respectivamente a Cristo, al Padre y al Espíritu, son diferentes aspectos de la única acción divina por nuestra salvación, acción que crea la Iglesia y que hace de la Iglesia --como dice san Cipriano en el siglo III-- «una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» («De oratione dominica», 23: PL 4,536, citado en «Lumen gentium», 4).

La idea de la comunión como participación en la vida trinitaria es iluminada con particular intensidad en el Evangelio de Juan, donde la comunión de amor que une al Hijo con el Padre y con los hombres es al mismo tiempo el modelo y el manantial de la unión fraterna, que tiene que unir a los discípulos entre sí: «amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15, 12; Cf. 13, 34). «Que ellos también sean uno en nosotros» (Juan17, 21. 22). Por tanto, comunión de los hombres con el Dios Trinitario y comunión de los hombres entre sí. En el tiempo de la peregrinación terrena, el discípulo, a través de la comunión con el Hijo, puede participar ya en la su vida divina y en la del Padre: «nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Juan 1, 3). Esta vida de comunión con Dios y entre nosotros es la finalidad propia del anuncio del Evangelio, la finalidad de la conversión al cristianismo: «lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros» (1 Juan 1,3). Por tanto, esta doble comunión con Dios y entre nosotros es inseparable. Allí donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el manantial de la comunión entre nosotros. Y donde no se vive la comunión entre nosotros, tampoco puede ser viva ni verdadera la comunión con el Dios Trinitario, como hemos escuchado.

Demos ahora un ulterior paso. La comunión --fruto del Espíritu Santo-- se alimenta del Pan eucarístico (Cf. 1 Corintios, 10, 16-17) y se expresa en las relaciones fraternas, en una especie de anticipación en el mundo futuro. En la Eucaristía, Jesús nos alimenta, nos une con él, con el Padre y con el Espíritu Santo y entre nosotros, y esta red de unidad que abraza al mundo es una anticipación del mundo futuro en nuestro tiempo. Dado que es anticipación del futuro, la comunión es un don que tiene también consecuencias muy reales, nos hace salir de nuestras soledades, de la cerrazón en nosotros mismos, y nos permite participar en el amor que nos une a Dios y entre nosotros. Para comprender la grandeza de este don basta pensar en las divisiones y conflictos que afligen a las relaciones entre individuos, grupos y pueblos enteros. Y si no se da el don de la unidad en el Espíritu Santo, la división de la humanidad es inevitable. La «comunión» es verdaderamente una buena nueva, el remedio que nos ha dado el Señor contra la soledad que hoy amenaza a todos, el don precioso que nos hace sentirnos acogidos y amados en Dios, en la unidad de su Pueblo, reunido en el nombre de la Trinidad; es la luz que hace resplandecer a la Iglesia como signo alzado entre los pueblos: «Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros» (1 Juan 1, 6-7). La Iglesia se presenta de este modo, a pesar de todas las fragilidades humanas que forman parte de su fisonomía histórica, como una maravillosa creación de amor, constituida para hacer que Cristo esté cerca de todo hombre y de toda mujer que quiera encontrarse con él verdaderamente, hasta el final de los tiempos. Y en la Iglesia el Señor sigue siendo siempre nuestro contemporáneo. La Escritura no es algo del pasado. El Señor no habla en el pasado, sino que habla en el presente, hoy habla con nosotros, nos da luz, nos muestra el camino de la vida, nos da comunión y de este modo nos prepara y nos abre a la luz.

A lo largo de los siglos, la Iglesia, bajo la guía de sus pastores, ha vivido en el mundo como misterio de comunión. Las palabras de San Pablo: «la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros», manifiestan que el don gratuito del amor del Padre en el Hijo se realiza y expresa en la comunión actuada por el Espíritu Santo. Gracia, amor y comunión, son aspectos diversos de la única «economía» de la salvación, que hace de la Iglesia «un pueblo congregado por la unidad».

Esta comunión, que se nutre del Pan eucarístico y se expresa en las relaciones fraternas, es verdaderamente la Buena Noticia; el don precioso que nos hace sentir acogidos y amados en Dios. La Iglesia, Pueblo reunido en el nombre de la Trinidad, se revela así como una maravillosa creación de amor, hecha para acercar a Cristo a los hombres.

Vivid en comunión fraterna, "amándoos los unos a los otros" y anunciando, así, el Evangelio a todos los hombres.