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viernes, 17 de abril de 2009

La Legión de Cristo admite algunas de las acusaciones sexuales contra su fundador Marcial Maciel

En retiros y encuentros de la Legión y Regnum Christi en EEUU se reconoce que Maciel tuvo una hija

Durante dos o tres días, los blogs norteamericanos de ex-Legionarios de Cristo y de ex-miembros de su rama laica, el movimiento Regnum Christi, lo estaban anunciando: en muchas reuniones de Regnum y la Legión los responsables de grupos están diciendo a los miembros del movimiento que se han demostrado algunas de las acusaciones sexuales contra su fundador, el sacerdote mexicano Marcial Maciel, que murió hace 13 meses.

La Legión no ha publicado ningún escrito oficial sobre qué acusaciones se aceptan. Pero la "blogosfera católica" de EEUU, incluyendo los blogs de laicos conservadores de referencia, apologistas veteranos como Patrick Madrid y Amy Welborn, coincide en los datos: en círculos de la Legión se está admitiendo que el padre Maciel tuvo una hija hace poco más de veinte años. En Wikipedia se dan más datos: la madre era española y la chica vive actualmente en Madrid.

CatholicNewsAgency y su "hermana" en español ACIprensa han sido los primeros medios de noticias en tratar el tema. CNA consiguió ayer martes unas declaraciones del portavoz de los Legionarios en EEUU, Jim Fair:

"Hemos sido informados de algunas cosas sobre la vida de nuestro fundador que son sorprendentes y difíciles de entender. Podemos afirmar que hubo aspectos de su vida que no eran apropiadas para un sacerdote católico. Obviamente, tuvo sentimientos humanos; pero sigue siendo cierto que a través de él recibimos nuestro carisma, que ha sido aprobado por la Iglesia Católica. [...] Nuestro compromiso permanece y vamos a seguir adelante y amar a Cristo y servir a la Iglesia. [...] El P. Maciel murió hace más de un año y obviamente lo que haya sucedido queda entre él y Dios y el juicio misericordioso de Dios, así que vamos a dejar que se haga cargo del asunto."

En el blog "ex-legionario"
http://exlcblog.blogspot.com indican que "el padre Scott Reilly, director territorial de los Legionarios en Atlanta, Georgia, anunció a todos los que trabajan en la dirección territorial que Maciel tenía una amante, tuvo un niño ("a child") y vivía una doble vida".
Ese mismo comentario dice que "por esta razón la Legión renuncia a él como fundador espiritual".
Pero este último extremo es rechazado por el portavoz Jim Fair. Preguntado por CNA sobre sí los directores regionales estan distribuyendo esta información responde:
"nos comunicamos internamente, pero no puedo hacer ningún comentario más sobre eso. Sé que ha habido rumores sobre que estamos rechazándolo [a Maciel] y no lo estamos haciendo, obviamente. El padre Maciel fue y será siempre el padre de la Legión".

Los blogs ex-legionarios temen que la Legión y Regnum Christi se limiten a aceptar y lamentar un episodio aislado (una amante y una hija) y recuerdan que sobre él pesan muchas otras acusaciones:
- Numerosas acusaciones de de pedofilia, algunas desde sus primeras promociones de seminaristas
- Compañeros de la primera época de Maciel relatando detalladamente sus relaciones con mujeres desde los años cincuenta
- Problemas de drogadicción
En el blog de Amy Welborn , una influyente laica y veterana autora de libros de apologética, ha escrito Tom Hoopes, el editor del "National Catholic Register", propiedad de los Legionarios. Su comentario expresa el "cambio de chip" de muchas personas en Regnum Christi estos días.
"Todo lo que quiero decir es: lo siento. Quiero decirlo aquí porque yo defendí al padre Maciel aquí, y necesito decir sobre esa defensa que lo siento, a las víctimas, que fueran víctimas dos veces, la segunda vez por calumnia. Lo siento, lo digo a la Iglesia, que ha sido dañada. Lo siento, a aquellos a quienes confundí. Lo hice sin querer, pero esta no es ocasión para dar excusas. La Iglesia me dio un gran, gran bien en Regnum Christi. La Iglesia ha traído justicia y ha castigado a este hombre. Gracias a Dios por la Iglesia. Busco arrepentimiento y perdón y aquí lo dejo".

Las acusaciones contra Maciel que llegaban hasta el Vaticano no fueron investigadas a fondo hasta que el cardenal Ratzinger no las analizó de cerca y las conclusiones llegaron siendo él ya Papa. Las acusaciones llegaron a la Congregación de Doctrina de la Fe en 1998. Juan Pablo II encargó la investigación al cardenal Ratzinger en 2001. En 2002, Maciel publicó una declaración negando las acusaciones. En 2005, anciano y enfermo, Maciel abandonó el cargo de Superior General de los Legionarios de Cristo.
El 19 de mayo de 2006 "la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo la guía del nuevo prefecto, el cardenal William Joseph Levada, decidió -teniendo en cuenta tanto la edad avanzada del padre Maciel, como su delicada salud- renunciar a un proceso canónico e invitar al padre a una vida reservada de oración y de penitencia, renunciando a todo ministerio público. El Santo Padre [Benedicto XVI] aprobó estas decisiones. Independientemente de la persona del fundador, se reconoce con gratitud el benemérito apostolado de los Legionarios de Cristo y de la Asociación Regnum Christi."
Es decir, el Vaticano, sabiendo que Maciel estaba muy enfermo, le invitó a hacer penitencia lo que le quedaba de vida. Era una forma de declarar que al menos buena parte de graves acusaciones eran ciertas.
La Legión de Cristo respondió ese día con esta nota:
"con el espíritu de obediencia a la Iglesia que siempre lo ha caracterizado, [el padre Maciel] ha aceptado este comunicado con fe, con total serenidad y con tranquilidad de conciencia, sabiendo que se trata de una nueva cruz que Dios, el Padre de Misericordia, ha permitido que sufra y de la que obtendrá muchas gracias para la Legión de Cristo y para el Movimiento Regnum Christi. Los legionarios y miembros del Movimiento Regnum Christi, a ejemplo del P. Maciel y unidos a él, acogemos y acogeremos siempre todas las disposiciones de la Santa Sede con profundo espíritu de obediencia y fe."
La inmensa mayoría de personas ligadas al Regnum Christi creyeron esos días que las acusaciones contra Maciel no podían ser ciertas, pero que por alguna razón (una cruz, un bien superior, un sacrificarse por la Iglesia) había que aceptar un castigo injusto, en espera de que con el tiempo se limpiase el nombre del fundador. Han pasado 34 meses hasta que la Legión ha empezado a aceptar que al menos algunas acusaciones eran ciertas.
Retos futuros de una obra fecunda
Es este un misterio que inquieta a los cristianos. "Por sus frutos los conoceréis", dijo Jesús. Es uno de los elementos claves para discernir qué cosas son fruto de Dios y qué cosas son engañosos artificios de los hombres y los tiempos. Los frutos de Maciel parecen buenos y abundantes, aunque sus obras se demuestren ahora como malas.
Otro criterio es la obediencia, así como el amor. No hay duda de que desde 2006 la Legión y el Regnum Christi han dado pruebas de obediencia, cosa que no puede decirse de otro caso de escándalos en un movimiento conservador como es Lumen Dei, cuya jerarquía se niega a aceptar las decisiones vaticanas y la supervisión del obispo Fernando Sebastián, encargado por la autoridad eclesiástica de "limpiar" un terreno tan o más turbio que el que ahora comentamos.
La nota del Vaticano, como también la de los obispos mexicanos de ese mismo 19 de mayo de 2006, reconocía la valía de las obras de Regnum Christi y los Legionarios.
Al morir Maciel el 30 de enero de 2008 dejaba un fruto impresionante: 750 sacerdotes legionarios de Cristo, unos 2.500 seminaristas y aproximadamente 65.000 laicos implicados en el Regnum Christi, con organizaciones solidarias, educativas y comunicativas de todo tipo.
¿Pueden estos miles de personas comprometidas con Cristo y la Iglesia redefinir su espiritualidad sin la figura del Fundador, "Nuestro Padre", que era un puntal del carisma particular del movimiento? ¿Puede un movimiento sobrevivir al descubrimiento de que su fundador tenía una doble vida, que no sólo tuvo alguna debilidad humana sino que vivió durante años un engaño y engañó a otros?
¿Qué queda del carisma de Regnum Christi si quitamos a Maciel? ¿Es capaz el movimiento de renunciar a él?
¿Hasta qué punto el mal del Fundador contagió a las estructuras, las formas, los métodos y líderes que él diseño? ¿Es capaz esta obra de re-fundarse, re-construirse por entero para salvar apostolados de indudable fecundidad? ¿O intentará limitar la gravedad de los hechos a algunas infidelidades?
Hay otras tentaciones. Una tentación muy moderna es cargar todo el peso de la culpa sobre algún transtorno mental. Las palabras "doble vida" permitirían jugar con ello. Dos personalidades, una corrompida, otra buscando la santidad, usada por Dios como un instrumento. Sería un caso único en la historia de los fundadores de corrientes de santidad.
Otra tentación es admitir el pecado y regodearse. "Somos pecadores y pese a ello Dios nos usa". "Fue muy grave, pero Dios escribe recto con renglones torcidos". Pero a medio y largo plazo esto sólo funciona con almas ya enfermas. "Quien a vosotros os ve, a Mí me ve", dijo Jesús. Si el Espíritu Santo habita en mi, ¿no debería santificarme? Quien quiere esforzarse en ser santo, puede mirar como ejemplo a alguien que dejó el pecado y se transformó, como San Agustín o San Francisco. Pero no a alguien que vivió en el pecado y lo escondió y engañó a todos.
Los líderes de la Legión y del Regnum Christi tienen por delante un periodo muy difícil en que deberán tomar decisiones. Apostar por una purificación y una renovación seria y radical será doloroso, pero a medio plazo parece lo mejor para salvar una obra vigorosa y evitar daños a toda la Iglesia

Fuente: Forum Libertas,
Pablo J. Ginés.

viernes, 6 de marzo de 2009

Revive una Congregación religiosa femenina en China tras 40 años de persecución

La Congregación de las Hermanitas de Santa Teresa del Niño Jesús, en la diócesis de Anguo, distrito de la provincia de Hebei, en China, está de enhorabuena por su crecimiento, año tras año después de un período de más de 40 años de aniquilamiento, lo que les permite estar presentes en varias diócesis de China continental donde realizan una importante labor social y pastoral. Los orígenes de esta congregación se han conocido gracias a la vida del lazarista belga, misionero en China, padre Vincent Lebbe.


(OMPress/ReL) El obispo Sun firmó el decreto el 4 de abril de 1928. El 3 de octubre de 1929 tomaron el hábito las primeras 16 postulantes. En las viejas revistas misionales y en “Les Annales de Ste Thérèse de Lisieux” se pueden leer relatos sobre su desarrollo en China y sobre la actividad de las Hermanas durante la guerra chino-japonesa (1937-1945).

Esta congregación de las Hermanitas de Santa Teresa del Niño Jesús ayudaron, en aquel entonces, al nacimiento y consolidación de dos Congregaciones religiosas chinas: las Hermanas de Nuestra Señora de China y las Hermanas de Nuestra Señora, la Inmaculada. Pero en 1952, las cosas empezaron a cambiar, ya que las Hermanas fueron dispersadas por el gobierno comunista. Muchas tuvieron que contraer matrimonio a la fuerza, y otras pudieron escapar viviendo en la clandestinidad.

En 1982, China comienza un periodo de mayor apertura en cuanto a libertad religiosa y es entonces cuando tres Hermanas supervivientes se propusieron relanzar la Congregación. En 1986 comenzaron a buscar nuevas vocaciones. Pidieron y obtuvieron de la oficina de asuntos religiosos la autorización del gobierno. Con ese fin enviaron sus estatutos a distintas diócesis del país. Desde febrero de 1987 comenzaron a llegar las nuevas postulantes. El 15 de octubre de 1990 se pudo contar con un grupo de seis Hermanas de votos simples. El 1 de octubre de 1996 un grupo de nueve Hermanas emitió los votos perpetuos. Era un renacer, tras 44 años de aniquilamiento. Celebraron su capítulo general con las elecciones.

En 2006 el estado devolvió a la Iglesia un tercio de los bienes confiscados, como también la clínica propiedad de las Hermanas en Anguo. Actualmente esta congregación nativa china cuenta con 48 miembros, de los que 32 son Hermanas de votos perpetuos, 10 Hermanas de votos simples, 2 novicias y 2 postulantes.


sábado, 6 de diciembre de 2008

MADRE MARÍA SKOBTSOV

por Olivier Clément

La Madre María murió en Ravensbrück en 1945. No sabemos si sustituyó a otra mujer seleccionada para el horno crematorio o la metieron allí por casualidad. Incluso su muerte se les escapa a los hagiógrafos. Durante mucho tiempo había conservado la esperanza de sobrevivir para trabajar en aquello que le parecía que la guerra haría posible: un acercamiento en profundidad entre Occidente y Rusia. Sin embargo, en las últimas semanas, dando su pan a cambio de hilo, se puso a bordar, como si fuera una ordalía, un extraño icono que representaba a la Madre de Dios llevando en brazos a Jesús, y este crucificado.

Para muchos, la vida de la Madre María no fue más que un escándalo prolongado. La antigua socialista revolucionaria, casada dos veces, convertida en cristiana sin haber dejado nunca en el fondo de serlo, se mantuvo como una intelectual de izquierdas, anárquica hasta en su vestimenta. Su sensibilidad revolucionaria sumada a su simpatía hacia los judíos disgustaban no sólo a los inmigrantes de derechas, sino también a muchos jóvenes ortodoxos nostálgicos de un orden total, orgánico y sagrado.

Aquella monja que denunciaba la existencia en la vida de la mayor parte de los monasterios de un simulacro de la vida familiar, escandalizaba a las naturalezas apasionadas por la contemplación solitaria y el opus dei. Para ella, se trataba de renunciar a toda comodidad, fuera esta el arrullo de la liturgia o la paz de un claustro, para vivir hasta el final, hasta la muerte, el gran riesgo de la pobreza, el gran descubrimiento del amor, introduciéndose sin límites en la «devastación», en el anonadamiento del Dios que se ha hecho hombre por la locura del amor.

Inmensa, tormentosa y apasionada, la vitalidad de esta mujer nunca dejó de ser un estremecimiento de amor, un amor no progresivamente apaciguado, sino crucificado, dilatado hasta el infinito y transformado en maternidad espiritual. La joven revolucionaria era ya madre cuando protegía de la policía a los estudiantes pobres de Yalta o enseñaba a leer a los obreros de San Petersburgo. Se había casado a los dieciocho años, por un impulso
desmedido, con un intelectual revolucionario para salvarlo del alcohol y la ruina. ¿No le pidió el gran poeta Alexander Blok, a quien ella amaba con desgarradora compasión, que pasara cada día bajo su ventana pensando en él «como una madre»?

Quizá sólo su segundo matrimonio, en plena guerra civil, fuera pura pasión y deseo de protección. Pero pronto su maternidad, herida por la muerte de dos hijas muy queridas, se rehizo y encontró todo su sentido en el segundo mandamiento del Evangelio, el amor al prójimo. «Siento que la muerte de mi niña me obliga a convertirme en una madre para todos», escribió.

Más tarde verá el prototipo de ese amor en el de la Madre de Dios al pie de la cruz, contemplando en el Crucificado a la vez a su hijo y a su Dios. «Del mismo modo –decía– nosotros debemos descubrir en todo hombre y al mismo tiempo la imagen de Dios y del hijo que se nos entrega en la ‘compasión’». Fue este el tema de su último icono en Ravensbrück.

«Mi sentimiento hacia todos es maternal», escribía la Madre María. Hacia todos: los descargadores de Marsella, los trabajadores de las minas de hierro de los Pirineos, los locos, los drogadictos y los alcohólicos a quienes iba a consolar por las noches a los tugurios, a los que se llevaba a su casa para acunarlos como a niños. Todos: los judíos perseguidos, marcados con la estrella amarilla y compañeros suyos en Ravensbrück. Qué vana le parecía, ante tanto sufrimiento, la manida oposición entre la caridad concreta –encuentro entre dos personas– y la acción social perfectamente organizada.

Para la Madre María no había que oponer, sino que sumar, multiplicar. El amor no puede dividirse. Ella, que quería amar a cada uno como a un hijo, era capaz de organizar con eficacia lo que fuera, ya se tratara de la Acción ortodoxa, con sus casas de acogida y de descanso, y su red de amistades; o el combate pacífico de la resistencia espiritual bajo la ocupación; o, más aún, en los campos de esclavitud y muerte, esos humildes círculos de estudio en los que los prisioneros, al recuperar el gusto por la belleza y el pensamiento gratuitos, se sentían soberanamente libres.

La Madre María se situaba dentro de una gran tradición ortodoxa, la del amor al prójimo vivido y sufrido hasta la locura. Hasta la locura en Cristo. Sabemos que en el monacato ortodoxo, la tradición instituida tiene como nervio central la contemplación solitaria que consume al hombre en la realización del primer mandamiento, el del amor a Dios, para que llegue a ser como una columna de intercesión que una el cielo con la tierra y su sola existencia sea para la sociedad y el universo una bendición secreta, a veces manifestada en el ministerio carismático del padre espiritual, el starets.

Pero esta tradición ascética se encuentra amenazada continuamente por el orgullo y la sequedad, la idolatría de los logros alcanzados y los estados espirituales, por el desprecio de la vida y de la naturaleza. Corre también el riesgo de instalarse en la paz y el equilibrio de un cenobitismo que se aísla, con frecuencia y a la vez, del amor al mundo y del combate espiritual, «más exigente que la lucha entre los hombres». Por eso Dios mismo no cesa de poner en cuestión esa tradición, de probarla y hasta humillarla haciendo surgir testigos, simples o geniales, pero siempre creadores de vida, de un amor total al prójimo.

Las vidas de los Padres del desierto enseñan a menudo cómo el mismo Cristo envía a los más grandes ascetas a aprender junto a un obrero, una madre de familia o un bandolero que, al vivir como hombres entre los hombres, han sabido –aunque no sea más que una vez– amar realmente a su prójimo. Humildad, libertad, espontaneidad loca de amor en el rechazo del fariseísmo, esa es la «locura en Cristo» que, en la Rusia del siglo XVI, alcanzó las dimensiones de un profetismo que no dudaba en intervenir, abruptamente, en la vida política y social…

Justo en esta tradición es donde se situaba conscientemente la Madre María, como lo muestran las vidas de santos que a ella le gustaba escribir. Frente a san Juan Casiano, que con los ojos piadosamente cerrados se apresuraba ansiando el encuentro con el Señor, ella prefería, junto con el pueblo ruso, a san Nicolás, cuando según la leyenda desatascó el carro de un campesino, a riesgo de faltar a su encuentro de oración con Dios. El carretero era Dios. A la Madre María le gustaba también narrar la historia de Serapión, monje del antiguo Egipto que, para liberar a un hombre encarcelado por deudas, no dudó en vender su ejemplar del evangelio, único bien que poseía.

Lo prueban los textos publicados en este libro, El sacramento del hermano. La Madre María vivió la teología del encuentro y el capítulo veinticinco del Evangelio según san Mateo con la misma sencilla resolución que un Dietrich Bonhoeffer. Como él, se comprometió con la historia en la resistencia organizada, resistencia espiritual que se negó a separar de la resistencia militar.

Pero continuó siendo fundamentalmente ortodoxa por su fervor místico, por su intenso amor al Crucificado-Resucitado, por su sentido de la cruz y de la cruz de gloria, punto central de la historia, por su apertura al dinamismo del Espíritu. Permaneció «ortodoxa» también por su sufrimiento, sus suspiros, sus gemidos inefables, en una palabra, por su rigor ascético.

En efecto, la Madre María sabía muy bien que la mirada del amor desinteresado descubre siempre en el prójimo no sólo la imagen de Dios, sino también la acción caricaturesca del diablo y que, por tanto, un encuentro auténtico no es suficiente; para que el encuentro llegue a ser «sacramento del hermano» se necesita el exorcismo poderoso de la Iglesia, es decir, la más dura lucha espiritual. Por ello, la ascesis del encuentro, cuyas líneas principales esboza en su estudio sobre el segundo mandamiento del Evangelio, constituye una importante aportación al pensamiento cristiano de nuestro tiempo.

En el corazón de la historia espiritual de la Ortodoxia, el destino de la Madre María es, a la vez, recapitulación y profecía. Pobedonostsev –el temible procurador del Santo Sínodo de quien fue, siendo niña, ahijada adorable y querida– le había enseñado el amor al próximo frente al amor al lejano; ella descubrió que él amaba al hombre concreto antes que a la humanidad. Los revolucionarios le enseñaron el amor al lejano; la revolución le mostró que ellos amaban a la humanidad por encima del hombre concreto. El Renacimiento ruso le otorgó el gusto por lo espiritual –nunca fue materialista, ni cuando era revolucionaria–, pero se trataba de algo espiritual exangüe, sin compromiso de vida ni poder de creación social.

La Madre María nos llama por ello, más allá de nuestros miedos y de nuestras divisiones, en la diversidad de carismas, a la totalidad del amor, a un amor que no desatiende la condición material y social del hombre. La Madre María, que no predicaba pero amaba, nunca olvidó que sólo vale aquel que, en la libertad y en la comunión, rinde el homenaje más adecuado a la imagen de Dios en él. Se trata de un testimonio profético para el porvenir de la Ortodoxia.

Profético resulta también el destino de la Madre María en cuanto a las relaciones misteriosas de la Iglesia y el pueblo judío. Para la Madre María, el hecho de que hubiera cristianos que aceptaran voluntariamente sufrir y morir por y con los judíos anticipaba el momento escatológico en el que el viejo Israel reconocería a su Mesías en el Crucificado. Cuando un policía alemán le interrogó acerca de la ayuda que prestaba a los judíos, el padre Dimitri Klepinin, compañero en la caridad de la Madre María, le respondió dulcemente enseñándole la cruz que llevaba sobre su sotana: «¿Y a este judío, lo conoce usted?».

El padre Dimitri murió en Dora, una dependencia de Buchenwald, el 9 de febrero de 1944. Su amigo común, el judío Elie Bounakov-Fondaminski, uno de los pensadores rusos más interesantes de entreguerras, pidió el bautismo en el campo de Compiègne, pero rehusó una evasión que su enfermedad hacía posible, porque quería compartir la suerte de su pueblo. Desapareció en los campos de la muerte practicando –como un verdadero israelita– lo que la mística judía y el padrenuestro llaman «la santificación del nombre». Era la época en que el patriarca de Constantinopla pedía a todos los obispos que se encontraban bajo su jurisdicción en la Europa ocupada por los alemanes que hicieran lo imposible por salvar a los judíos.

«Los cristianos se interponen entre Cristo y los judíos, desfigurando ante ellos la imagen auténtica del Salvador», había escrito algunos años antes uno de los amigos y maestros de la Madre María, el filósofo Nicolás Berdiaev. Ella y sus amigos fueron algunos de esos cristianos de todas las confesiones que, en los tiempos de la gran masacre, empezaron a revelar a los judíos el verdadero rostro de Jesús mediante un servicio desinteresado.

La vida y la muerte de la Madre María son también proféticas para quienes somos ortodoxos en Occidente, y para tantos jóvenes que desean el amor y el riesgo, pero ya no saben dónde encontrar a Dios. Dios está en el centro –nos dice la Madre María, significativamente despertada por Tagore, a partir de 1915, al poder soberano del segundo mandamiento–, en el corazón de los seres y de las cosas, en la densidad misma de la materia, en el sufrimiento y la creación compartidas. La Iglesia no es otra cosa que el mundo en vías de deificación: en la Iglesia, el mundo no es ya una tumba, sino una matriz.

Esta transfiguración del mundo exige la contemplación –una contemplación creadora–, exige el amor –un amor activo–, exige la compasión personal más desgarradora y la reinvención de la vida, pues se trata de dar a los hombres no sólo el pan, sino la belleza, el atrevimiento y la celebración. La Madre María, no lo olvidemos, sabía crear esos lugares privilegiados en donde la vida circula y se extiende. Los adornaba con iconos y tapices.

Escribía sin cesar poemas, pero también verdaderos «misterios» que esperan ser representados. La Madre María no era una activista, sino una poetisa de la vida, siempre en el centro del lugar creador en el que se realiza la «santidad genial», tan deseada por una de sus contemporáneas, Simone Weil, judía apasionada por Cristo, por la justicia, por la pobreza, por la belleza, y cuyo destino, aunque lejos de haber conocido la misma plenitud, no dejó de tener analogía con el suyo.

El destino de la Madre María subraya la extraordinaria diversidad de la Ortodoxia contemporánea. Plantea además un problema muy real, para hoy y para mañana, a la Iglesia ortodoxa: las nuevas formas de vida monástica, en las que el segundo mandamiento del Evangelio ha de ocupar el lugar central. La Madre María quiso hacerse monja no para asumir la tradición monástica eremítica o cenobítica –menos aún esta que aquella–, sino para manifestar su compromiso sin límites. Para consagrarse, para darse por completo. Inevitablemente se halló en contradicción con las actitudes tradicionales. Lo que ella deseaba ¿no nos corresponde a nosotros realizarlo?

Cuando el metropolita Eulogio recibió su profesión monástica, le entregó como morada ascética «el desierto de los corazones humanos». Lo que la Madre María deseaba, pero con más vehemencia y fuerza creadora, con un sentido más agudo –casi anárquico– de la libertad en el Espíritu santo, fue un poco lo que el cristianismo occidental ha buscado desde entonces en pequeñas fraternidades carismáticas. ¿No se intuye aquí una llamada para el momento presente? Junto a la tradición de los grandes «silenciosos» y alimentada por ella –fuerza más necesaria que nunca– ¿no necesitamos grandes creadores de amor, grandes creadores de vida para trabajar y hacer fecundo «el desierto de los corazones»? No es momento de marcar las diferencias.

Una última palabra, también contra los hagiógrafos. Si amamos y veneramos a la Madre María, no lo hacemos a pesar de su desorden, sus rarezas y sus pasiones, sino a causa de ellos, que la vuelven –entre tantos muertos piadosos y tantos muertos melifluos– extraordinariamente viva. Fea y sucia, fuerte, pesada y recia. Sí, viva. Con sus pasiones, su compasión, su pasión.


Prefacio del libro EL SACRAMENTO DEL HERMANO
Biografía espiritual de la Madre María escrita por Helena Arjakovsky-Klepinine
Ed. Sígueme 2004

martes, 25 de septiembre de 2007

«Cibervocaciones».com

Dios también llama, y es llamado, por internet. Tres dominicas han creado su espacio en la Red para captar vocaciones en todos los rincones del mundo. Ya llegan a 37 países y han recibido 150.000 visitas.

Dios también llama por internet, aunque no sea de una forma muy ortodoxa. «¿Borrachina?, ¿marchosa?, ¿enamoradiza? Bien. Tal vez seas la monja perfecta». Es la proclama elegida por las creadoras de www.mivocacion.com, un espacio de internet gestionado por tres jóvenes dominicas de Barcelona. Conchi García Fernández, Ana Isabel Pérez Guerrero y Gemma Morató i Sendra están detrás de esta web vocacional, gracias a la cual han llevado la orden de las Dominicas de la Presentación a 37 países. Además, doce jóvenes han optado por la vida religiosa después de hablar con ellas.

Todo comenzó de la manera más sencilla. «En julio del 2004, a partir de una página muy simple que teníamos sobre la Congregación, empezaron a llegar e-mails de jóvenes y pensamos en hacer una web descaradamente vocacional, al tiempo que quisimos dar a conocer nuestra felicidad en la vida a la que fuimos llamadas», explican. En tres años, han recibido 150.000 visitas y respondido a unos 5.000 correos. Del movimiento de la página surgió después un «blog», que tiene 400 lectores diarios, y en menos de un año y, medio, 230.000 visitantes.

El estilo de la página es atractivo y desenfadado. «Es una manera simpática de atraer la atención». Las tres hermanas creen que quien llega a su página, al final, es porque tiene una inquietud: «Hay algo dentro que le quema, a veces,-no sabe ni qué es». «Nos preguntan muchas cosas. Sobre todo, de la vida vivida en profundidad, sobre la vocación, el amor, la soledad... A veces, hay demasiada incomunicación en un mundo hipercomunicado», sostiene Gemma Morató, de 56 años. Periodista y maestra de educación especial, entró en la congregación en 1991. Seis años después hizo voto de pobreza, obediencia y castidad.

Compatible con la clausura

También en los conventos de clausura, el Vaticano permite el uso «ilimitado, pero con moderación y discreción» de la Red de redes. La Santa Sede ha dejado dicho que ni el voto de silencio que hace enmudecer a las congregaciones más estrictas debe ser incompatible con la comunicación a través del ordenador. De ahí que lo último en algunas comunidades de vida contemplativa sea conceder plegarias «a la carta» con los ruegos que reciben vía e-mail, Es el caso de las trece monjas de clausura del monasterio trinitario de Burgos. Emplearon a dos hermanas en la gestión y actualización de un sitio web y ahora incluyen en sus oraciones las «ciberpeticiones». Cada día llegan de cinco a diez desde España, México, Chile, EE.UU., Filipinas, que se refieren a problemas familiares, de salud, drogas o sectas.

I. ÁLVAREZ
ABC, Sábado 15 de Septiembre de 2007

viernes, 2 de febrero de 2007

Una consagración para la Vida

En el Discurso que Benedicto XVI dirigió a los superiores y superioras generales de los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, el día 22 de mayo de 2006, vino a indicar, con una claridad meridiana, cuál es la causa de que muchas personas dediquen su vida a Dios, hagan de su existencia un ofrecimiento al Creador, reuniéndose, así, con lo divino y tratando de trasladar, en lo posible, a este mundo muchas veces torcido, los valores mismos que la devoción encierra.

Esto era que esa causa era el «quedar transformados por el esplendor de la belleza» y que, por si eso fuera poco, «pertenecer totalmente a Cristo» (tal es la sustancia misma de la vida consagrada) quería, quiere, decir, «arder con su amor incandescente». Y esto, claro, dicha forma de actuar, tiene su raíz, radica, en las mociones del Espíritu Santo que «ha dado formas siempre nuevas de vida evangélica a través de la obra de fundadores y de fundadoras que han transmitido a una familia de hijos e hijas su carisma» (esto último lo había dicho el Santo Padre en una Carta enviada a los participantes en la asamblea plenaria de la Congregación vaticana de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica celebrada entre el 26 y 27 de septiembre de 2005)

Pues bien, el día 2 de febrero de este 2007 se celebra, a nivel mundial, una jornada muy especial pues está dedicada al recordatorio de una entrega que es, como hemos dicho, también muy especial. Ese día, para que no olvidemos, si es que lo hacemos y es que se hace, a aquellas personas que consagran su vida a eso, precisamente, a llevar una vida consagrada dedicada a los demás, a los que más necesitan su ayuda. De ahí que la denominación de la citada jornada, Jornada Mundial de la Vida Consagrada diga, con bastante claridad, lo que, en el fondo, significa.

Todos tenemos conocimiento de la entrega de las personas que consagran su vida a Dios y, por eso mismo, a los demás, bien sea en Órdenes e Institutos religiosos, Sociedades de vida apostólica, Institutos seculares, etc. En los más diversos campos podemos encontrarlos: en la catequesis; en la educación; en la promoción de aspectos culturales; en la obra de evangelización en sentido estricto; en la ayuda a los necesitados de las naciones más empobrecidas o pobres; en la contemplación y en la oración. También podemos encontrarlas, a estas personas, junto a las familias; junto a los enfermos y a las personas que se encuentran solas (sean ancianos o no lo sean); junto a quienes quieren tener conocimiento de la Palabra de Dios; junto a quienes se sienten perdidos en este mundo y buscan respuestas a su angustia; en la promoción de la Verdad y la difusión, en el mundo, del encuentro con el otro, aunque no sea hermano en la fe (pensemos, por ejemplo, en la labor que se hace en naciones en las que el cristianismo no es, precisamente, la religión de más arraigo); junto a quienes, todos los de antes y otros, necesitan un amor que les guarde de las asechanzas del mundo y de su vida; junto a quienes desean conocer el verdadero rostro de Dios que conocen por su cercanía buscada y aceptada y, también, junto a quienes son, por su fraternidad, hermanos todos hijos del mismo Padre.

Este año, el lema que hace que celebremos este día, es «Vida consagrada y familia» —Huellas de la Trinidad en la Historia— y tiene su raíz en la Exhortación apostólica post-sinodal de Juan Pablo II Magno sobre la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (Vita consecrata) donde se dice que «La vida consagrada es anuncio de lo que el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad y su belleza» y tiene, quizá, como intención, el hecho de que esa célula básica de la sociedad tan menospreciada, a veces, como es la familia, sea reflejo de ese amor a Dios y, entonces, sea consecuente con esos valores y esas virtudes que se le saben donadas por Dios pero que, a también a veces, se dejan arrinconadas por las más diversas causas. Abundando en esto, y enlazando ideas, también en esta Exhortación se dice que, refiriéndose a los grupos citados supra, «también», se da gracias, «por todos aquellos que, en el secreto de su corazón, se entregan a Dios con una especial consagración». Y esto enlaza, por eso, a la perfección, con el citado lema ya que, así, también se nos incluye a todas aquellas personas que, a pesar de no formar parte de ningún grupo de consagrados sí constituimos, en su seno, una familia donde, también, también, esa especial dedicación a Dios y, por tanto, a los demás, es posible, es necesaria y es, por último, obligada por nuestro creer.

Por si fuera esto poco, además, el día 2 de febrero, y quizá diga mucho esto mismo, éste que celebramos esta Jornada Mundial de la Vida Consagrada lo es, también, el de la Presentación de Jesús en el Templo. De todo lo que sucedió, entonces, el mismo hecho de llevarlo al Templo para dedicarlo a Dios, siguiendo la Ley de Moisés y lo dicho por Simeón a María (una espada le iba a atravesar el corazón) saben mucho estas personas consagradas a Dios y a la entrega a los hombres porque no sólo pertenecen a Nuestro Señor sino que, además, también les ha atravesado, su corazón, una espada. Pero no de dolor, sino de gozo y de amor. Por eso, en su caso, y en el nuestro, también, se trata de una consagración para la Vida, eterna, desde aquí, ahora, ya.