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martes, 8 de mayo de 2012

Sergei Bulgákov. Sentido y sin-sentido de la economía



Sergéi Bulgákov (derecha) junto a Pável Florenski.
Pintura de Mijaíl Nésterov.


La vanguardista teoría sobre la "Filosofía de la economía" de un filósofo-sacerdote ruso de comienzos del siglo XX
Quizá el lector se sorprenderá de que se pretenda despertar la curiosidad por un pensador que además de ser ruso es bastante desconocido en Occidente. Sin embargo, SERGEI BULGAKOV (1871-1924) defendió en 1912 una famosa y controvertida tesis doctoral sobre la "Filosofia de la economía" en la Universidad Imperial de Moscú cuyo contenido causó por entonces bastante escándalo entre varios de sus colegas de la 'Inteligencia' rusa. En la historia intelectual y espiritual del siglo XX -asi lo afirmó en 1990 Constatín Adránikov, el traductor al francés de las obras de Bulgakóv para la editorial L'Age d'homme- el padre Bulgakóv es una figura de primera categoría y, ademas, profética tanto por su pensamiento como por su biografía. Sus trabajos filosóficos y teológicos, por su amplitud y coherencia, por su profundidad y su novedad y, por tanto, su alcance histórico lo situarían en cabeza de los espíritus de nuestro tiempo. Sus discípulos entusiastas le han llamado 'El Orígenes del siglo XX'. ¿Exageran?

Su legado filosófico 'La lumière sans declin' lo terminó de escribir en 1916, durante la primera guerra mundial, y lo publicó en 1917, precisamente entre la revolución de Febrero y la de Octubre, revolución que marcara en su despliegue, su agonía y muerte -y hasta mas allà de ella- el curso de la historia de la humanidad. Es en este sentido que resulta un tanto trágico el hecho de que esa Rusia albergara en su seno a un 'sabio', en el umbral de la Revolución, que -más allá de la fácil retórica entre liberalismo y socialismo- contara con una crítica cabal al 'materialismo económico-filosófico', defendiendo una especie de antropología económica bastante preclara en su contexto histórico y geográfico. Haciendo hincapié en el carácter contingente y relativo de la economía en cuanto tal, nos hace comprender el porqué profundo de la actitud en cierto modo 'pragmática' de la ciencia económica frente a la filosofía económica. Eso sin justificar, no obstante, el utilitarismo benthamiano, el cual es calificado de materialismo económico sui generis basado en un pesimismo antropológico extremo: la ficción del "homo oeconomicus".

De cualquier forma, Bulgakóv sorprende por su gran erudición, por la enorme extensión de los autores y campos de investigación asimilados en su pensamiento. Ya antes de sus grandes trabajos propiamente teológicos, tras su ordenación sacerdotal, en 'La lumière sans declin' (1917) traza un balance histórico de la actividad humana. En este sentido sus obras filosóficas se podrían calificar de precursoras de la 'filosofía de la acción humana', en cuanto dibujan no un sistema sino un conjunto orgánico de pensamiento acerca de la ontología, la axiología, la escatología, pero también de la fenomenología de la acción humana. Sobre todo impresiona por la amplitud de su diseño y el análisis erudito que nunca cede ante la gran sugestividad literaria de su pensamiento. La traducción al francés es magnífica y consta que sus análisis contienen la suficiente explosividad y actualidad para que una traducción al español pudiera resultar sumamente provechosa; o por lo menos de aquellas partes de su obra donde trata explícitamente de la economía, del trabajo o de la acción humana en general.

En la 'Filosofía de la economía', no obstante la dura crítica al materialismo económico, Bulgakóv hace resaltar la importancia del problema que éste plantea. Denuncia su absolutismo, ontologismo, monismo metafísico (205), su amalgama o confusión de la metafísica y la ciencia, dejando patentes las contradicciones del materialismo económico en cuanto metafísica o religión (207) disfrazada de ciencia (208); también desenmascara su estatuto de 'camaleón lógico' (213) tanto como la obvia contradicción entre su determinismo y su moralismo encubierto; y -en último término- su escepticismo. Aun así -asevera Bulgakóv- no se puede suprimir la importancia del materialismo económico-histórico-filosófico. Así lo expresa también al final del libro afirmando que aquél es "el primer ensayo de una filosofía de la economía". Pese a la multiplicidad de errores y contradicciones "una idea chocante es expuesta, un problema específico se plantea y una nueva preocupación filosófica es provocada. Planteada la cuestión de la filosofía de la economía por primera vez por el materialismo económico, ésta perdurará seguramente más que aquél" (218). Lo que Marx nos transmite en definitiva es una pesadumbre, pero ésta "encierra una verdad, no teórica sino práctica y moral que al 'espíritu burgués' no le es accesible. Bajo la máscara de un racionalismo glacial y de una teoría fea se descubre la tristeza de un hombre acerca de su propio 'yo', la aflicción del 'rey de la naturaleza' prisionero de los elementos de una naturaleza indiferente y hasta hostil. En esta teoría lamentable queda expresada, en definitiva, la tragedia económica de la vida humana... Una maldición (llena de sentido religioso) pesa sobre el hombre: ...la falta de 'riqueza'. 

...No obstante, el materialismo económico se queda impotente ante una antinomia que hunde sus raíces en el origen mismo de la historia humana: la antinomia entre libertad (yo) y necesidad (no yo). Como un Fausto, tiene dos almas que miran en direcciones opuestas. A causa de su sociologismo, el materialismo económico ignora a la persona humana. Tal concepción no deja lugar a la libertad -y a la actividad creadora que ésta implica-, ni a un cierto 'pragmatismo humano' sea el que fuere. Es un mecanicismo metafísico, no científico. El 'economicismo' más que ciencia es un sentimiento de la historia que pretende explicitarse en una doctrina científica o filosófica.

A algunos tal vez no llaman especialmente la atención tales afirmaciones porque, discurridos 90 años ya desde la publicación de la 'Filosofía de la economía', hoy en día son tantas las cosas que se han escrito y dicho acerca de los fallos del materialismo dialéctico y su disputa con el liberalismo. Pero el hecho de que en 1912 en Moscú hubo quien refutara el economicismo y anticipara toda la tragedia comunista, tiene su mérito particular, sobre todo porque Bulgakóv no ceja en su empeño analítico hasta captar el sentido más hondo y profundo de la actividad económica: la sed infinita del hombre de Dios que es riqueza, omnipotencia, belleza, etc.., atributos que el hombre puede adquirir en cierto modo mediante su trabajo aunque, en último término, éste no tenga fuerza escatológica (110). De este modo, en cuanto a su carácter de vanguardia, la obra de Bulgakóv sólo es equiparable al 'Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y socialismo' (1850) de Donoso Cortés quien más de medio siglo antes había desenmascarado el socialismo de Proudhon en tanto que consecuencia inexorable de los presupuestos ideológicos de la revolución liberal.


Adentrándonos en la obra de Bulgakóv, hemos de aplazar -de momento- la cuestión por el 'sentido' para centrarnos en otra, previa además a toda investigación propia de la economía. Antes de cualquier pregunta acerca de su fenomenología, su axiología y escatología, hemos de resolver teóricamente cuáles son las condiciones de posibilidad de la actividad económica, es decir, cuáles son las bases ontológicas que permiten al hombre intervenir en el mundo del no-yo. Dentro de los límites de lo conveniente en este lugar, sigamos el argumento del mismo Bulgakóv, aunque no sin advertir al lector, como preámbulo a todos los argumentos citados, de que -entre otras razones, acaso propias de la teología ortodoxa- su afectación intelectual por el naturalismo de Schelling -pese a su oposición a Hegel- ha de firmar responsable del univocismo de su concepción del 'ser', frente a la concepción de analogía propia del pensamiento católico (al menos antes de su enredo con el equivocismo de la escuela nominalista, que está detrás de todo liberalismo doctrinario):

"Todo organismo vivo en tanto que cuerpo o materia organizada está ligado indisolublemente al universo. ... (Pero) no es suficiente reconocer ese comunismo físico... sino además hay una relación determinada entre la sustancia viva y la sustancia inerte o muerta... (También) ese comunismo de la vida y la muerte, esta misteriosa identificación entre ellas, la mortalidad de toda vida, pero aparentemente también, la capacidad de lo no-vivo de ser vivificado, son propios los bases mismas de nuestra existencia terrestre y es sobre éstas que está fundamentada la posibilidad de una relación económica con el mundo. ... Potencialmente el universo entero está en condiciones de convertirse en cuerpo nuestro, ser su prolongación periférica. ... El mundo entra dentro de nosotros por todas las puertas y ventanas de nuestros sentidos, lo recibimos y lo asimilamos. El conjunto de este consumo del mundo, de esta comunicación esencial, de este comunismo del ser fundamenta todos nuestros procesos vitales. ... La biología no resuelve ni suprime el problema más general y metafísico del sentido de la comida. ... La comida manifiesta nuestra unidad esencial, metafísica con el mundo. ... Así la posibilidad del consumo es por principio fundamentado sobre el comunismo metafísico del universo, sobre la identidad original de todo lo que es. ... Además, la unidad biológica (de la humanidad) es un hecho extraordinario, no tanto por su significado genético sino por el simbólico: es la expresión empírica de la unidad metafísica, fuera de la cual toda la historia no es más que un incomprensible montón de átomos. ... (Así los) individuos son copias, ejemplares; el género es su idea que existe sobrenaturalmente en la Sophía divina". Tal vez esta conclusión platonizante que supone un realismo de las ideas no sea el único modo de llegar al hallazgo del 'comunismo metafísico del universo'. Me parece perfectamente reinterpretable a partir de la solución gnoseológica realista: el 'universal in re'.

"Es precisamente porque el universo (en cuanto tal) es un cuerpo vivo (un todo ordenado) que la vida puede surgir, alimentarse y multiplicarse. Esta aserción no debe considerarse como una posición de las ciencias naturales puesto que contradice lo que éstas establecen como hechos y criterios. ... El todo de la naturaleza, con su carácter inmediato, se evapora sin dejar rasgo en las ciencias naturales, se muere. ... (Esta unidad) no obstante es indudablemente la condición a priori metafísica de toda experiencia científica... Esta unidad suya se hace transparente en una función fundamental de la economía: el consumo. ... Esta posición general de la filosofía de la naturaleza... tiene, por lo tanto, un valor apodíctico de certeza. ... Se puede afirmar que el consumo no sólo atesta la identidad de la naturaleza sino, más todavía, es esta identidad en cuanto manifiesta, identidad in actu.

Kant había planteado la pregunta de cómo era posible el conocimiento objetivo, la experiencia, pero solamente en el sentido de un reflejo pasivo de la realidad como en un espejo. Schelling, a su vez, se ha preguntado cómo se hacía que el yo contemplativo, a lo Kant, podía contemplarse también en cuanto actuando, a lo Fichte, o cómo la identidad del yo del conocimiento y del yo de la acción eran posibles. Nuestro problema representa una variante y como una especificación de aquél, general, de Schelling. (Este lo había formulado) sobre todo desde un punto de vista gnoseológico, dejando abierta la posibilidad de tratarlo también según la filosofía de la naturaleza y la ontología. Se trata de saber cómo es posible una acción transubjetiva, aplicada a un objeto, tal como la producción. Sin duda la teoría del conocimiento la enuncia y la tiene en cuenta, pero un paso a la ontología se impone aquí. (Tal paso) probablemente sólo lo rechazarían el 'solipsismo' más exacerbado y el 'acosmismo' que, en el fondo, no son otra cosa que una especie de ontología escéptica. ... La realidad viva del mundo exterior no se convierte en cuestión ineluctible y palpitante sino para la filosofía de la acción objetiva, es decir, la de la economía. ... Esta relación activa, económica, con el mundo explica existencialmente el 'realismo ingenuo' que constituye la gnoseología natural y general de la humanidad, antes de toda reflexión filosófica. Sean las que fueran las conclusiones escépticas y destructoras del solipsismo, este realismo permanece en la práctica.

Analizando la economía bajo el ángulo de la producción hemos llegado a la misma idea de la identidad necesaria entre el sujeto y el objeto, del yo y del no-yo, de la conciencia y de la naturaleza que en la economía se manifiesta activamente. Sólo esta conjunción íntima de la naturaleza y del espíritu hace posible el consumo y la producción, la economía en general como proceso subjetivo-objetivo, como identidad in actu. Sólo esta premisa hace posible la economía. ... En el sujeto-objeto... el 'trabajo' elemental o instintivo de la naturaleza se convierte en aquél, consciente, del hombre. ... El trabajo, que ocupa un lugar tan importante en las doctrinas de la economía política, ... (Èsta) no ha sabido cómo utilizarlo ni cómo situarlo porque su conciencia filosófica se movía sólo en un grado inferior y su horizonte espiritual estaba limitado. Así Èsta ha atribuido al trabajo un papel que no corresponde de ninguna manera al valor filosófico de ese principio. En primer lugar, principalmente en Adam Smith, de hecho en la mayoría de sus representantes, la economía política ha reducido la noción de trabajo a aquélla de producción, expresada en bienes materiales. En consecuencia, su atención periférica versa sólo sobre un aspecto del trabajo, el objetivo... Se ocupa con más voluntad de la historia de la técnica que de su problema de fondo, ... a saber: como puede el sujeto encontrarse con el objeto por el trabajo. ... Si la economía política, a causa de su 'materialismo', conoce el trabajo sólo en sus productos, en el objeto, ignorando en él al sujeto, un error análogo pero opuesto se repite en el idealismo subjetivo de Kant. ... Una tal clasificación quizá tiene un sentido particular, pero no tiene ninguno en filosofía general. ... (A pesar de las dificultades de dar cuenta del trabajo en la teoría del valor, desde mucho tiempo no es aceptable en la economía política,) el trabajo no guarda menos todo su sentido en cuanto base de la economía...

Esta claro que no decimos ésto (la identidad in actu) en el sentido del evolucionismo:... El mundo, con su forma acabada y resumida en Adán, con la humanidad por su centro, es creada por Dios, y lo que se desarrolla en el tiempo y constituye la historia no tiene otra cosa por fin que reproducir el vínculo interno y la correlación de los elementos del mundo, rotos por la caída. ... (La) naturaleza entera, la historia, el carácter contradictorio de la conciencia humana y sus antinomias, son el testigo... de una catástrofe metafísica. ... (Esta, sin embargo,) sólo alcanza la condición del mundo, no su composición. ... En la economía, reproducción consciente de la naturaleza, se puede discernir una prefiguración, una anticipación del momento cuando la natura naturans será liberada de las miserias de la presente natura naturata.


(Bulgakóv responde, en definitiva, tanto afirmativa como negativamente a la pregunta de si) la economía encerraría un sentido positivo asignado específicamente por Dios, es decir, una humanización del hombre mismo por medio de la humanización de la naturaleza, una participación del hombre en las obras de Dios, en la transfiguración del mundo. ... Defender la vida y ensancharla, resucitándola así en cierta medida: en esto consiste la actividad económica del hombre. Es la reacción positiva del principio vivificante contra el principio mortífero. Es la obra de la Sophía para restaurar el mundo, obra que lleva a cabo por intermediación de la humanidad histórica. Y es ella la que establece la teleología del proceso de la historia. El mundo, en cuanto Sophía, caído en una condición de no-verdad, o sea, de mortalidad, debe volver a la razón de la Verdad. El medio de esta repuesta en orden es el trabajo, o la economía... (Pero) el fin de la historia se halla más allá de sus fronteras, ella no representa más que el camino... Además, del mismo modo que la economía es meta-económica... el origen del trabajo económico se halla más allá de la historia y la economía en su sentido actual. Estas están jerárquica y cosmológicamente precedidas por otra economía, por otro trabajo, libres, desinteresados, obras de amor, donde no forman más que una unidad con la creación artística. El arte conserva, de alguna manera, este arquetipo de la obra económica." 

Partiendo de las condiciones ontológicas de posibilidad de la economía hemos seguido, sólo en lo más esencial, el hilo argumentativo de Bulgakóv para terminar en la cuestión por el sentido de la economía: su teleología y posible escatología. En definitiva, mediante el trabajo el hombre intenta reconciliarse con Dios y con la naturaleza sin, no obstante, poder acabar esta 'obra común' de la cual habla Nicolas Fedorov, atribuyendo al trabajo una eficiencia escatológica real. Bulgakóv, por el contrario, expone con muchos matices una ontología, axiología (ética), teleología y fenomenología de la economía sin admitir que el trabajo de la humanidad tuviera una 'fuerza' transfiguradora inmanente. Porque nuestro autor no se salta a la torrera el Hiatus entre lo natural (naturaleza) y lo sobrenatural (gracia), tan fundamental en la Weltanschauung cristiana.

 
En sus obras posteriores a la 'Filosofía de la economía' -sólo se aludirá aquí a algún capítulo que otro en 'La lumière sans declin' o en 'Ortodoxia'- va profundizando en estos temas en un marco de investigación que sucesivamente va rebasando los límites de la mera investigación filosófica. Así, la economía tiene un límite, por mucho que el mundo es tanto una 'teofanía' (postulado de un Dios trascendente al mundo) como una 'teogonía' (postulado de un Dios haciéndose en el mundo en cuanto que se actualiza en cada miembro de su corpus mysticum). Este carácter doble de teofanía y teogonía representa según nuestro autor una antinomia transcendental irresoluble racionalmente ('Ortodoxia': 180-186); porque por mucho que la economía tuviera las dos tareas principales y nobles de vencer la pobreza natural y la social, se topa con su misma incapacidad regeneradora. Además, el reconocimiento mismo de aquel límite es precisamente la salvaguardia ante el pesimismo y escepticismo que acosan al 'materialismo económico', sea en su vertiente socialista o liberal-utilitarista-individualista.

El trabajo y el consiguiente poder y la riqueza, que mediante aquél adquiere el hombre, indudablemente suponen una cierta victoria de la vida sobre la muerte; y la historia universal es esto. Pero, no puede vencer definitivamente a la muerte. (En la actualidad, esto lo pretenderían, como su expresión quizá más contundente e irrisoria, aquellas personas que hacen congelar su cuerpo para que por medio de alguna magia de la ciencia y técnica puedan resucitar algún día en este mundo). "Esta transformación, que es en realidad un nuevo acto creador de Dios de cara al hombre, el trabajo económico (a pesar de su 'magia' de poder y riqueza) justamente no puede efectuarlo". Bulgakóv denuncia así la falsedad de una 'escatología' económica (del signo que fuera) que no significa más que una nueva vuelta al 'mesianismo judáico': la seducción por el reino de este mundo, objeto de la primera tentación diabólica: el hombre anhelando manifestarse como mesias económico que por el poder de su regulación de la naturaleza se vivifica y resucita" ('La lumière sans declin': 355; cfr. 336).

"Por la fuerza de las cosas todos los esfuerzos del economicismo miran a la perpetuación de la existencia de este siglo... Todas las teorías económicas, sobre todo las del socialismo, lo ponen de manifiesto: bajo el manto de la libertad mediante la acumulación de la riqueza pretenden consolidar la servidumbre económica del hombre, incitándole a realizar el ideal contradictorio de una libertad mágica o económica". Pero la economía no tiene escatología, aunque se refiere a ella. La hipótesis contraria "provoca una definición errónea de la economía por olvido de su contingencia y su carácter relativo (idem: 337). ... El hombre frente a la antinomia entre 'necesidad' y 'libertad' tiene que trabajar. La libertad (cfr. 'Filosofía...': 147, 149) se esfuerza en sobrepasar las fronteras que la necesidad le impone". Bulgakóv defiende, en este sentido, una ontología realista de la economía al afirmar que "ir más allá de esta frontera es una obra real y no ideal, actual y no sólo intencional, al agregar el sujeto al objeto por el trabajo económico.

(Así) el hombre busca adquirir un poder sobre la naturaleza alienada, desea la libertad económica o riqueza". No hay diferencia de fondo entre el que en un comienzo lo intentaba "por brujería o magia y ahora por medio de la ciencia y técnica, que es el tipo de magia que cautiva al hombre moderno. ... En el trabajo el hombre manifiesta su libertad espiritual. En un límite, le es posible al hombre quererlo todo y poderlo todo: ...o puede ser a la semejanza de Dios y participar en su vida... o se puede hacer instrumento del diablo y separarse de Dios autodivinizando al hombre y al mundo...".

'Hombre, tú puedes ser lo que tú quieras ser', con esa re-contextualización de la sentencia del pensador renacentista Pico della Mirandola, Bulgakóv quiere subrayar nuestra responsabilidad personal ante la actividad económica: "(Tenemos) indefectiblemente conciencia de que nuestro 'yo' es nuestra obra y de que, por tanto, somos responsables de él. Somos lo que somos porque queremos bien serlo (151)...

Todas las decisiones, aunque le estarían impuestas al yo exteriormente por el objeto, los toma como sus decisiones, como sus determinaciones. ... De hecho est·n siempre motivados o condicionados, pero su causalidad no es mecánica, ... no se establece sin la libre intervención del 'yo'" (159). En definitiva, nuestra libertad de elección es necesariamente limitada; sin embargo, nunca estamos privados de la libertad de decisión.

 
En resumen, en su 'Filosofía de la economía' Bulgakóv traza los fundamentos para una antropología y ontología de la economía, esboza su axiología o ética y teleología, dimensiones, sin embargo, de la economía cuyo estudio más profundo ha hecho preciso consultar alguna que otra gran obra posterior, en la medida que crecía como pensador cristiano-ortodoxo. Tal camino 'in profundis' parece muy comprensible en medio de las vicisitudes que para su vida supuso la Revolución del '18. De todos modos, aporta luces nuevas acerca del sentido de toda actividad económica, el de ser manifestativa de una 'escatología' que el hombre no puede nunca realizar él mismo, ni en esta vida ni en esta tierra. En su 'Filosofía de la economía' Bulgakóv realiza una espléndida investigación sobre el 'cómo es posible la economía', criticando duramente al idealismo subjetivo-trascendental de Kant y Fichte, aprovechando y depurando la tesis schelliniana de la identidad entre sujeto y objeto. Este análisis crítico -yendo de Kant y Hegel a Bentham y Marx, sin omitir a Hume, Smith o Ricardo etc.., pasando por Fichte y Schelling y otros-hemos visto que es esclarecido por la concepción religiosa del hombre, ecónomo de lo creado (104), concepción que se revela como tanto más imperativa cuanto más las circunstancias históricas dieron origen a un peculiar agudizamiento del espíritu.

Dr. Andreas A. Böhmler ..

Fuente: Arbil.org



Sergei Bulgákov desarrolló su teología sobre la sofiología. La «sophía» es aquella realidad intermedia entre Dios y la criatura. Es la presencia de lo divino en lo creatural. La esencia de la Iglesia es ser el punto de unión entre la sophía divina y la sofhia creada. La Iglesia es la «Sophía», aquella es el sinergismo que une el cielo y la tierra. Su visibilidad es sacramental. Las celebraciones de los sacramentos justifican histórica y mistéricamente la existencia de la jerarquía. El Espíritu Santo anima a toda la Iglesia, clero y laicos: es en su sinfonía que Él hace oír su voz y da enseñanzas y directivas; no existen órganos especiales o de signos seguros. Buscarlos sería dar prueba de un "fetichismo eclesiástico".


viernes, 10 de abril de 2009

"HASTA LA MUERTE, Y MUERTE DE CRUZ"


Predicación del Viernes Santo 2009 en la Basílica de San Pedro

"Christus factus est pro nobis oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis": "Por nosotros Cristo fue obediente hasta la muerte. Y muerte de cruz". En el bimilenario del nacimiento del apóstol Pablo, volvemos a escuchar algunas de sus ardientes palabras sobre el misterio de la muerte de Cristo que estamos celebrando. Ninguno puede ayudarnos mejor que él para comprender su significado y su alcance.

A los Corintios, escribe a modo de manifiesto: "Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los que son llamados, sean judíos o griegos, predicamos un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1 Co 1,22-24). La muerte de Cristo tiene un alcance universal: "Si uno murió por todos, todos por tanto murieron" (2 Co 5,14). Su muerte ha dado un sentido nuevo a la muerte de cada hombre y de cada mujer.

A los ojos de Pablo la cruz asume una dimensión cósmica. Por ella Cristo ha abatido el muro de separación, ha reconciliado a los hombres con Dios y entre sí, destruyendo la enemistad (Cf. Ef. 2,14-16). De aquí la primitiva tradición desarrollará el tema de la cruz árbol cósmico cuyo brazo vertical une el cielo y la tierra, y cuyo brazo horizontal reconcilia entre sí a los diversos pueblos del mundo. Evento cósmico y al mismo tiempo personalísimo: "Me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Ga 2,20). Cada hombre, escribe el Apóstol, es "aquel por quien murió Cristo" (Rm 14,15).

De todo ello nace el sentimiento de la cruz ya no como castigo, reproche o causa de aflicción, sino como gloria y honor del cristiano, esto es, como una jubilosa seguridad, acompañada de conmovida gratitud, en la que el hombre se eleva en la fe: "En cuanto a mí, ¡Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!"(Ga 6,14).

Pablo ha plantado la cruz en el centro de la Iglesia como el palo mayor en el centro de la nave; ha hecho de ella el fundamento y el baricentro de todo. Ha fijado para siempre el marco del anuncio cristiano. Los evangelios, escritos después de él, seguirán su esquema, haciendo del relato de la pasión y muerte de Cristo el eje hacia el que se orienta todo.

Es sorprendente la empresa que llevó a término el Apóstol. Para nosotros actualmente es relativamente fácil ver las cosas bajo esta luz, después de que la cruz de Cristo, como decía Agustín, haya colmado la tierra y brille ahora sobre la corona de los reyes [1]. Cuando Pablo escribía, aquella todavía era sinónimo de la mayor ignominia, algo que ni siquiera se debía nombrar entre personas educadas.

* * *

El objetivo del año paulino no es tanto el de conocer mejor el pensamiento del Apóstol (esto lo hacen los estudiosos desde siempre, sin contar con que la investigación científica requiere tiempos más largos que un año); es más bien, como ha recordado en varias ocasiones el Santo Padre, el de aprender de Pablo cómo responder a los desafíos actuales de la fe.

Uno de estos desafíos, tal vez el más abierto que se haya conocido hasta la fecha, se ha traducido en un eslogan publicitario en los medios de transporte público de Londres y de otras ciudades europeas: "Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida": There's probably no God. Now stop worrying and enjoy your life.

El mayor efecto de este eslogan no está en la premisa "Dios no existe", sino en la conclusión: "¡Disfruta de la vida!". Se sobreentiende el mensaje de que la fe en Dios impide disfrutar de la vida; es enemiga de la alegría. ¡Sin ella habría más felicidad en el mundo! Pablo nos ayuda a dar una respuesta a este desafío, explicando el origen y el sentido de todo sufrimiento, a partir del de Cristo.

¿Por qué "era necesario que el Cristo padeciera y entrara así en su gloria"? (Lc 24,26). A esta pregunta se da a veces una respuesta "débil" y, en cierto sentido, tranquilizadora. Cristo, revelando la verdad de Dios, provoca necesariamente la oposición de las fuerzas del mal y de las tinieblas y éstas, como había ocurrido en los profetas, llevarán a su rechazo y a su eliminación. "Era necesario que el Cristo padeciera" se entiende, por lo tanto, en el sentido de que "era inevitable que el Cristo padeciera".

Pablo brinda una respuesta "fuerte" a ese interrogante. La necesidad no es de orden natural, sino sobrenatural. En los países de antigua fe cristiana, se asocia casi siempre la idea de sufrimiento y de cruz a la de sacrificio y de expiación: el sufrimiento -se piensa- es necesario para expiar el pecado y aplacar la justicia de Dios. Es esto lo que ha provocado, en la época moderna, el rechazo de toda idea de sacrificio ofrecido por Dios y, finalmente, la idea misma de Dios.

No se puede negar que a veces los cristianos nos hemos expuesto a esta acusación. Pero se trata de un equívoco que un conocimiento mejor del pensamiento de san Pablo ya ha aclarado definitivamente. Él escribe que Dios prefijó a Cristo "para que sirviera como instrumento de expiación" (Rm 3,25); pero tal expiación no actúa sobre Dios para aplacarle, sino sobre el pecado para eliminarlo. "Se puede decir que es Dios mismo, no el hombre, quien expía el pecado... La imagen es más la de la remoción de una mancha corrosiva o la neutralización de un virus letal que la de una ira aplacada por el castigo" [2].

Cristo ha dado un contenido radicalmente nuevo a la idea de sacrificio. En él "ya no es el hombre el que ejerce una influencia sobre Dios para que se aplaque. Más bien es Dios quien actúa para que el hombre desista de la propia enemistad contra él y hacia el prójimo. La salvación no empieza con la petición de reconciliación por parte del hombre, sino con la petición de Dios: ‘Dejaos reconciliar con Él'(1 Co 2,6 ss)" [3].

El hecho es que Pablo se toma en serio el pecado, no lo banaliza. El pecado es, para él, la causa principal de la infelicidad de los hombres, o sea, el rechazo de Dios, ¡no Dios! [El pecado] encierra a la criatura humana en la "mentira" y en la "injusticia" (Rm 1,18ss.; 3,23), condena al mismo cosmos material a la "vanidad" y a la "corrupción" (Rm 8,19ss.) y también es la causa última de los males sociales que afligen a la humanidad.

Se analiza sin parar la crisis económica que atraviesa el mundo y sus causas, pero ¿quién se atreve a meter el hacha en la raíz y a hablar de pecado? El Apóstol define la avaricia insaciable como una "idolatría" (Col 3,5) e indica en la desenfrenada codicia de dinero "la raíz de todos los males" (1 Tm 6,10). ¿Podemos decir que se equivoca? ¿Por qué tantas familias reducidas a la miseria, masas de obreros sin trabajo, más que por la sed insaciable de provecho por parte de algunos? La élite financiera y económica mundial se había convertido en la locomotora enloquecida que avanzaba desenfrenadamente, sin preocuparse del resto del tren, que se había detenido distante en las vías. Íbamos todos "a contramano".

* * *

Con su muerte, Cristo no sólo ha denunciado y ha vencido el pecado; ha dado también un sentido nuevo al sufrimiento, incluso aquél que no depende del pecado de nadie, como es el caso del que se ha desencadenado, esta semana, en la cercana región del Abruzo a causa del devastador terremoto.

Ha hecho [del sufrimiento] un instrumento de salvación, un camino a la resurrección y a la vida. Su sacrificio ejerce sus efectos no a través de la muerte, sino gracias a la superación de la muerte, esto es, a la resurrección. "Murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación" (Rm 4,25): los dos acontecimientos son inseparables en el pensamiento de Pablo y de la Iglesia.

Es una experiencia humana universal: en esta vida placer y dolor se suceden con la misma regularidad con la que, al elevarse una ola del mar, le sigue un hundimiento y un vacío que absorbe al náufrago hacia atrás. "Un no sé qué de amargo -escribió el poeta Lucrecio- surge de la intimidad misma de todo placer y nos angustia en medio de las delicias" [4]. El consumo de drogas, el abuso del sexo, la violencia homicida, suscitan en el momento la ebriedad del placer, pero conducen a la disolución moral y frecuentemente también física de la persona.

Cristo, con su pasión y muerte, ha dado un vuelco a la relación entre placer y dolor. Él "en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz" (Hb 12,2). No se trata ya de un placer que termina en sufrimiento, sino de un sufrimiento que lleva a la vida y al gozo. No se trata sólo de una sucesión distinta de las dos cosas; es la alegría, en este modo, la que tiene la última palabra, no el sufrimiento; y una alegría que durará eternamente. "Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y la muerte ya no tiene dominio sobre él" (Rm 6,9). Ni lo tendrá sobre nosotros.

Esta nueva relación entre sufrimiento y placer se refleja en el modo de marcar el tiempo en la Biblia. En el cálculo humano el día empieza con la mañana y concluye con la noche; para la Biblia, comienza con la noche y termina con el día: "Y atardeció y amaneció: día primero", dice el relato de la creación (Gn 1,5). No carece de significado que Jesús muriera por la tarde y resucitara por la mañana. Sin Dios, la vida es un día que termina en la noche; con Dios, es una noche que termina en el día, y un día sin ocaso.

Así que Cristo no ha venido para aumentar el sufrimiento humano o para predicar la resignación a éste; ha venido para darle un sentido y anunciar su final y su superación. Leen ese eslogan en los autobuses de Londres y de otras ciudades también los padres con un hijo enfermo, las personas solas o que se han quedado sin trabajo, los exiliados que huyen de los horrores de la guerra, quienes han sufrido graves injusticias en la vida... Intento imaginar su reacción al leer las palabras: "Probablemente Dios no existe: ¡disfruta de la vida!". ¿Con qué?

El sufrimiento ciertamente sigue siendo un misterio para todos, especialmente el sufrimiento de los inocentes; pero sin fe en Dios, se convierte en algo inmensamente más absurdo. Se le priva hasta de la última esperanza de rescate. El ateísmo es un lujo que se pueden permitir sólo los privilegiados de la vida, los que han tenido todo, incluida la posibilidad de dedicarse a los estudios y a la investigación.

* * *

No es la única incongruencia de esa idea publicitaria. "Dios probablemente no existe": así que incluso podría existir; no se puede excluir del todo que exista. Sino, querido hermano no creyente, si Dios no existe, yo no pierdo nada; si en cambio existe, ¡tú has perdido todo! Deberíamos casi dar las gracias al promotor de esa campaña publicitaria; ha servido a la causa de Dios más que muchos de nuestros argumentos apologéticos. Ha mostrado la pobreza de sus razones y ha contribuido a sacudir muchas conciencias adormecidas.

Dios, sin embargo, tiene una medida de juicio diferente a la nuestra y si ve la buena fe, o una ignorancia inculpable, salva también a quien durante la vida se ha esforzado en combatirle. Los creyentes debemos prepararnos a sorpresas al respecto. "¡Cuántas ovejas están fuera del redil -exclama Agustín- y cuantos lobos dentro!": "Quam multae oves foris, quam multi lupi intus!" [5].

Dios es capaz de hacer de sus detractores más encarnecidos, sus apóstoles más apasionados. Pablo es la demostración de ello. ¿Qué había hecho Saulo de Tarso para merecer aquel encuentro extraordinario con Cristo? ¿Qué había creído, esperado, sufrido? A él se aplica lo que decía Agustín de toda elección divina: "Busca el mérito, busca la justicia, reflexiona y mira si encuentras otra cosa que la gracia" [6]. Es así como él explica su propia llamada: "Soy indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy" (1 Co 15,9-10).

La cruz de Cristo es motivo de esperanza para todos y el año paulino una ocasión de gracia también para quien no cree y está en búsqueda. Una cosa habla a su favor ante Dios: ¡el sufrimiento! Como el resto de la humanidad, también los ateos sufren en la vida, y el sufrimiento, desde que el Hijo de Dios lo cargó sobre sí, tiene un poder redentor casi sacramental. Es un canal, escribía Juan Pablo II en la "Salvifici doloris", a través del cual las energías salvíficas de la cruz de Cristo se ofrecen a la humanidad [7].

A la invitación a orar "por los que no creen en Dios" le seguirá, en unos instantes, una conmovedora oración en latín. Traducida, dice así: "Dios omnipotente y eterno, que has puesto en el corazón de los hombres una nostalgia tan profunda de ti que sólo cuando te encuentran hallan la paz: haz que, más allá de todo obstáculo, todos reconozcan los signos de tu bondad y, animados por el testimonio de nuestra vida, tengan el gozo de creer en ti, único verdadero Dios y Padre de todos los hombres. Por Cristo Nuestro Señor".

[Traducción del original italiano por Marta Lago]

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[1] San Agustín, Enarr. in Psalmos, 54, 12 (PL 36, 637).

[2] J. Dunn, La teologia dell'apostolo Paolo, Paideia, Brescia 1999, p. 227.

[3] G. Theissen - A. Merz, Il Gesù storico. Un manuale, Queriniana, Brescia 20032, p. 573.

[4] Lucrecio, De rerum natura, IV, 1129 s.

[5] San Agustín, In Ioh. Evang. 45,12.

[6] San Agustín, La predestinazione dei santi 15, 30 (PL 44, 981).

[7] Cf. Encíclica "Salvifici doloris", 23.


P. Raniero Cantalamessa, ofmcap.

fuente: Zenit.org

jueves, 29 de mayo de 2008

Del Gautama histórico al Buda eterno: sugerencia trinitaria

Del blog de Juan Masiá

Dialogando con el Maestro Kotaró Suzuki, me dice que la imagen de Buda que contemplé al visitar su templo “representa al buda histórico, Gautama Shakamuni, pero, al mismo tiempo, está idealizada o sublimada”.

Me explica que se trata del buda histórico, pero convertido en el buda celeste o glorificado por su entrada definitiva en el Nirvana tras la muerte.

“Pero, añade Suzuki, no convirtamos la imagen en ídolo. A través de la visibilidad del buda histórico y a través de la imagen del celeste, se nos sugiere el misterio del Buda eterno, que existe desde siempre y por siempre, sin forma, sin ser visible ni tangible, la gran energía que todo lo vivifica, el hontanar de luz y vida, sentido último de la realidad.

El Buda eterno se hace visible en el buda histórico que nos encamina hacia la realidad última y nos hace despertar a la realidad de su presencia interior (lo que llamamos en japonés busshhô o naturaleza búdica, nuestro cuerpo morada de la iluminación, que diría Kûkai)”.

Oyendo esta explicación del Dr. Suzuki pienso inevitablemente en lo que Panikkar llama homeomorfismos trinitarios: manifestación terrena del Rostro de Abba, realidad última eterna, presencia interior del Espíritu... Aquí hay tema para la teología de los próximos cien años...

(cf. El Dharma y el Espíritu. Conversaciones entre un cristiano y un budista, PPC, 2008, p.123)

Partir el pan, compartir la vida

del blog de Juan Masiá

Fue en un pueblo de Murcia, en los años cincuenta. La maestra, testigo ocular. Aleccionaron a la cocinera del cura antes de la visita episcopal.

La buena mujer se hacía un lío con los tratamientos, llamando “mi señor” al coadjutor y “su reverencia” al párroco. A la hora de la verdad, en la cena, el obispo fingió remilgos sirviéndose solo unos pocos garbanzos y verdura con algo de pechuguita. Entra en escena señá Manuela con un cortés cumplido: “Arremeje sin miedo, arremeje su divina majestad, que en el culo de la olla está la enjundia”.

“Enjundia” es castizo. En vez de “sustancias y esencias escolásticas”, Unamuno filosofaba hablando de “las entrañas” de enseres y personas. ¡Hijo de mis entrañas!, dicen las madres. También en japonés: ¡Hijo que hizo doler mis entrañas al nacer” (Hara wo itameta ko).

¿Qué lenguaje usar para la Eucaristía) ¿Sustancias, enjundias, entrañas? “Sustancia” es voz abstracta, aleja del misterio (aunque, en castellano, se diga de la del cocido sustancioso). “Enjundia” es término concreto, pero evoca imágenes de casquería y connota antropofagias. “Entraña” es palabra apropiada para hablar de la maravillosa transformación por la acción del Espíritu, que “desentraña” la riqueza simbólica de las ofrendas de pan y vino, para dejarlas pletóricas de nuevo sentido sacramental infinitamente mayor (sacramento es signo que realiza lo que significa): la “entraña del Misterio”, la entraña de la presencia real en que confluyen todas las demás presencias en la vida de Quien “lo activa todo en todos y todas” (1 Co 12, 6).

Es un misterio para el que no bastan nuestros malabarismos conceptuales sobre tran-substanciaciones, tras-finalizaciones, tran-significaciones. tran-simbolizaciones y... todos los demás transportes de sentido que queramos elaborar. Al fin y al cabo todos no son más que lo que en sánscrito llaman “upaya”, es decir, recursos pedagógico-salvíficos del lenguaje, siempre insuficiente para referirse a la “Entraña de la Realidad” (esta vez con mayúsculas, consagrada). Mejor renunciar a todas esas dogmatizaciones teológicas insustanciales y, desde luego, nada sustanciosas, mejor adorar entrañablemente en silencio...

Pero, eso sí, antes y después de ese silencio, que no falte la praxis de aportar, partir, repartir y compartir los tres panes que coloca sobre la mesa la comunidad reunida en círculo como brotes de olivo para “hacer eucaristía”, no meramente “despachar misa”.

Los tres panes sobre la mesa son: el pan de la palabra, el pan de la vida cotidiana y el pan del Corpus Christi.

1) El pan de la Palabra, proclamada y no meramente leída, para que se convierta en Palabra de Dios por la acción del Espíritu en quienes escuchan.

2) El pan de la vida y praxis cotidiana, compartida por la asamblea que comunica conversando -antes, durante y después de la celebración-, sin miedo a “armar jaleo”, aunque se enoje algún cardenal con escrúpulos (conversar en la mesa de Jesús no es “sacrilegio” sino “sacrificio”, es decir, sacrum facere, aportar vida en común para que se convierta con el pan en vita Christi pro mundi vita).

3) El pan de la Eucaristía, inseparables consagración y comunión: no reduzcamos la primera a un instante mágicamente solemne y la segunda a un rito rutinario; inseparables por la efusión de Espíritu, cuya operación hace que recibir el Corpus Christi sea más bien ser recibida la persona por Él, dentro de Él, que “lo llena todo” (Ef 4, 10).

Haciéndolo así serán válidas y eficaces por primera vez nuestras eucaristías “para que nos las cambie en frutos de verdad”.

(Agradezco al P. Luis Alonso Schökel, q.e.p.d., la inspiración de estas líneas. No se pierdan sus Meditaciones bíblicas sobre la Eucaristía, Sal Terrae, Santander 1986).

miércoles, 22 de agosto de 2007

El don de la comunión en el misterio de la unidad de Cristo y la Iglesia

«En la Iglesia el Señor sigue siendo siempre nuestro contemporáneo»

Benedicto XVI meditó sobre «El don de la "Comunión"», en el marco de las catequesis que ofrece sobre el «misterio de la relación entre Jesús y la Iglesia».
29 marzo 2006

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A través del ministerio apostólico, la Iglesia, comunidad reunida por el Hijo de Dios hecho carne, vivirá a través de los tiempos, edificando y alimentando la comunión en Cristo y en el Espíritu, a la que todos están llamados y en la que pueden experimentar la salvación entregada por el Padre. Los doce apóstoles --como dice el Papa Clemente, tercer sucesor de Pedro, al final del siglo I-- se preocuparon por constituir a sucesores suyos (Cf. 1 Clemente 42, 4) para que la misión que se les confío continuara después de la muerte. A través de los siglos, la Iglesia, estructurada bajo la guía de los legítimos pastores, ha seguido viviendo en el mundo como misterio de comunión, en el que se refleja en cierto sentido la misma comunión trinitaria, el misterio del mismo Dios.

El apóstol Pablo menciona ya este supremo manantial trinitario cuando desea a sus cristianos: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros» (2 Corintios 13, 13). Estas palabras, probable eco del culto de la Iglesia naciente, subrayan cómo el don gratuito del amor del Padre en Jesucristo se realiza y se expresa en la comunión que actúa el Espíritu Santo. Esta interpretación, basada en la inmediata relación que establece el texto entre los tres genitivos («la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo»), presenta la «comunión» como don específico del Espíritu, fruto del amor entregado por Dios Padre y de la gracia ofrecida por el Señor Jesús.

Además, el contexto, caracterizado por la insistencia en la comunión fraterna, nos lleva a ver en la «koinonía» del Espíritu Santo no sólo la «participación» en la vida divina de manera casi individual, como si cada uno estuviera por su lado, sino también lógicamente la «comunión» entre los creyentes, que el Espíritu mismo suscita como su artífice y principal agente (Cf. Filipenses 2, 1). Podría afirmarse que gracia, amor y comunión, referidos respectivamente a Cristo, al Padre y al Espíritu, son diferentes aspectos de la única acción divina por nuestra salvación, acción que crea la Iglesia y que hace de la Iglesia --como dice san Cipriano en el siglo III-- «una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» («De oratione dominica», 23: PL 4,536, citado en «Lumen gentium», 4).

La idea de la comunión como participación en la vida trinitaria es iluminada con particular intensidad en el Evangelio de Juan, donde la comunión de amor que une al Hijo con el Padre y con los hombres es al mismo tiempo el modelo y el manantial de la unión fraterna, que tiene que unir a los discípulos entre sí: «amaos los unos a los otros como yo os he amado» (Juan 15, 12; Cf. 13, 34). «Que ellos también sean uno en nosotros» (Juan17, 21. 22). Por tanto, comunión de los hombres con el Dios Trinitario y comunión de los hombres entre sí. En el tiempo de la peregrinación terrena, el discípulo, a través de la comunión con el Hijo, puede participar ya en la su vida divina y en la del Padre: «nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1 Juan 1, 3). Esta vida de comunión con Dios y entre nosotros es la finalidad propia del anuncio del Evangelio, la finalidad de la conversión al cristianismo: «lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros» (1 Juan 1,3). Por tanto, esta doble comunión con Dios y entre nosotros es inseparable. Allí donde se destruye la comunión con Dios, que es comunión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, se destruye también la raíz y el manantial de la comunión entre nosotros. Y donde no se vive la comunión entre nosotros, tampoco puede ser viva ni verdadera la comunión con el Dios Trinitario, como hemos escuchado.

Demos ahora un ulterior paso. La comunión --fruto del Espíritu Santo-- se alimenta del Pan eucarístico (Cf. 1 Corintios, 10, 16-17) y se expresa en las relaciones fraternas, en una especie de anticipación en el mundo futuro. En la Eucaristía, Jesús nos alimenta, nos une con él, con el Padre y con el Espíritu Santo y entre nosotros, y esta red de unidad que abraza al mundo es una anticipación del mundo futuro en nuestro tiempo. Dado que es anticipación del futuro, la comunión es un don que tiene también consecuencias muy reales, nos hace salir de nuestras soledades, de la cerrazón en nosotros mismos, y nos permite participar en el amor que nos une a Dios y entre nosotros. Para comprender la grandeza de este don basta pensar en las divisiones y conflictos que afligen a las relaciones entre individuos, grupos y pueblos enteros. Y si no se da el don de la unidad en el Espíritu Santo, la división de la humanidad es inevitable. La «comunión» es verdaderamente una buena nueva, el remedio que nos ha dado el Señor contra la soledad que hoy amenaza a todos, el don precioso que nos hace sentirnos acogidos y amados en Dios, en la unidad de su Pueblo, reunido en el nombre de la Trinidad; es la luz que hace resplandecer a la Iglesia como signo alzado entre los pueblos: «Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros» (1 Juan 1, 6-7). La Iglesia se presenta de este modo, a pesar de todas las fragilidades humanas que forman parte de su fisonomía histórica, como una maravillosa creación de amor, constituida para hacer que Cristo esté cerca de todo hombre y de toda mujer que quiera encontrarse con él verdaderamente, hasta el final de los tiempos. Y en la Iglesia el Señor sigue siendo siempre nuestro contemporáneo. La Escritura no es algo del pasado. El Señor no habla en el pasado, sino que habla en el presente, hoy habla con nosotros, nos da luz, nos muestra el camino de la vida, nos da comunión y de este modo nos prepara y nos abre a la luz.

A lo largo de los siglos, la Iglesia, bajo la guía de sus pastores, ha vivido en el mundo como misterio de comunión. Las palabras de San Pablo: «la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros», manifiestan que el don gratuito del amor del Padre en el Hijo se realiza y expresa en la comunión actuada por el Espíritu Santo. Gracia, amor y comunión, son aspectos diversos de la única «economía» de la salvación, que hace de la Iglesia «un pueblo congregado por la unidad».

Esta comunión, que se nutre del Pan eucarístico y se expresa en las relaciones fraternas, es verdaderamente la Buena Noticia; el don precioso que nos hace sentir acogidos y amados en Dios. La Iglesia, Pueblo reunido en el nombre de la Trinidad, se revela así como una maravillosa creación de amor, hecha para acercar a Cristo a los hombres.

Vivid en comunión fraterna, "amándoos los unos a los otros" y anunciando, así, el Evangelio a todos los hombres.