jueves, 21 de junio de 2007

en Irak los cristianos están muriendo

ROMA, 21 Jun. 07 (ACI).-El procurador del Patriarcado caldeo ante la Santa Sede, P. Philip Najim, advirtió que los atentados terroristas, los secuestros y las conversiones forzadas están haciendo que la Iglesia en Irak esté desapareciendo, pues los extremistas han convertido a los cristianos en "el chivo expiatorio".

"Iglesias cerradas, coches bomba, conversiones forzadas, secuestros: en Irak los cristianos están muriendo. La Iglesia está desapareciendo bajo los golpes de persecuciones, amenazas y violencias por parte de extremistas que no dejan otra opción: o la conversión o la fuga", expresó durante la Misa en sufragio del P. Ragheed Aziz Ganni, sacerdote caldeo asesinado el 3 de junio en Mosul (Irak), junto con tres subdiáconos.

El representante de los caldeos alertó que "los secuestros de sacerdotes son cada vez más frecuentes" y los fieles, si quieren quedarse en sus casas o permanecer en la fe, están "obligados a pagar 'impuestos'". Advirtió que estas presiones han incrementado la emigración de cristianos que ven como única alternativa para sobrevivir el "renunciar a sus propias raíces, dejar su propia patria".

El sacerdote dijo que los cristianos iraquíes se han convertido "en el chivo expiatorio del que hay que aprovecharse o al que hay que eliminar". Los extremistas, narró, les impiden profesar su fe libremente, imponen el velo musulmán a las mujeres y arrancan las cruces de las iglesias.

En ese sentido, afirmó que el P. Ganni "es un mártir de esta Iglesia caldea ensangrentada a la que Benedicto XVI llama Iglesia de los mártires vivientes".

"Su martirio debe ser una aurora nueva para la vida y para la paz futura de Irak, dejando espacio a la esperanza cristiana. Tenemos necesidad de que la Santa Sede aliente a la Iglesia en Irak y a todos los cristianos a la unidad", expresó.

La Eucaristía se realizó en la capilla del Colegio Pontificio Irlandés, donde el sacerdote asesinado vivió cinco años. Participaron el Prefecto Emérito de la Congregación para las Iglesias Orientales, Cardenal Ignace Moussa Daoud; el procurador del Patriarcado de los Sirios de Antioquía ante la Santa Sede, Mons. Mikhail Jamil; el Arzobispo emérito de Dublín, Cardenal Desmond Connell, embajadores de varios países, entre otros

viernes, 4 de mayo de 2007

En el limbo no hay almejas

Hace muchos años un humorista español escribió una novela que se titulaba: "En el cielo no hay almejas". Hoy podríamos añadir: en el limbo, tampoco. Si uno busca en el Catecismo de la Iglesia Católica o en su Compendio, no encontrará el limbo por ninguna parte. La Comisión Teológica Internacional ha publicado un documento, que no nos ha llegado todavía, sobre la cuestión del limbo.

En el limbo no hay "almejas". Y esto, no porque, según se lee en algún periódico, "la Iglesia ha eliminado el limbo"; sino porque nunca ha pertenecido a la fe cristiana definida. Tiene que ver esta cuestión con el cielo, con el alma, con el pecado, pero sobre todo con el amor.

En el cielo no hay "almejas". La almeja es ese preciado molusco, relativamente barato dentro de los mariscos. El alma es el espíritu humano, que descubrían las culturas antiguas y también cualquier filosofía moderna abierta a la realidad. En la Facultad de medicina tuve un profesor de bioquímica que se empeñó largos años por encontrar "la molécula de la libertad". Vano intento. No somos simplemente un agregado de moléculas, que se habrían organizado a sí mismas en el cuerpo humano, tan perfectamente que la ciencia avanza, con la suposición, certera pero asombrosa, de que sus conexiones son maravillosamente racionales. Sólo una "fe irracional" podría decir que todo eso es fruto del azar.

El alma humana, según la fe cristiana, es creada por Dios cada vez que surge una vida humana. Ahí está, me decía un enfermo hace pocos días, la maravilla de las personas. Nacemos para ser inmortales. El cristianismo, sólo el cristianismo, asegura que después de la muerte hay un encuentro personal del alma con Dios. Pero para eso es necesario que el alma se dilate, se haga libremente bella y grande por el amor, a imagen de su creador. En el cielo no hay "almejas".

¿Y el limbo? El limbo era una interpretación que se dio a partir de la Edad Media, para explicar adónde iban las almas de los niños que no recibían el bautismo. Al cielo sólo entra el que carece de pecado y de toda consecuencia del pecado. También las culturas antiguas y cualquier persona sensata descubre que algo no funciona del todo. Junto con los anhelos de felicidad y los deseos del bien para los demás, anidan en cada uno tendencias insidiosas y hasta rastreras, que pueden hacer que civilizaciones enteras se engañen y se pongan contra el hombre mismo.

Algo falló desde el principio, y esto es lo que la fe cristiana llama pecado original. Un pecado que ha dejado una huella o una herida en la naturaleza humana, y por eso de algún modo es esclava del mal. De manera que lo que nace, la "natura," viene ya con esa herida de origen. En esas condiciones, según la fe, no se puede entrar en el cielo. El pecado original y sus consecuencias se perdonan con el bautismo. ¿Y qué pasa con los niños que mueren sin haber sido bautizados? Ese es el tema.


Hay varias soluciones: una de ellas parecía ser el limbo. Un lugar donde los niños muertos sin el bautismo pasarían la eternidad sin ver a Dios ni gozar de Él, puesto que estaban afectados por el pecado original. Como no habían cometido pecados personales, quedarían en el limbo disfrutando sin dolor, pero sin ver a Dios, sin encontrarse con la Verdad y el Amor para el que habían sido creados. Su condición de alma humana quedaba bastante reducida a "almeja". Pero claro, esto que parecía, solo parecía, acorde con la "justicia" de Dios, no parecía tan acorde con su misericordia.

Otra solución, que pertenece a la fe, es la que se dio ya en los primeros siglos. A los adultos que pedían el bautismo y eran martirizados antes de recibirlo, se les consideraba bautizados con el "bautismo de sangre". A los que morían siendo catecúmenos (en proceso de convertirse), se consideraba que habían recibido el "bautismo de deseo". Más adelante esta misma explicación se extendió para el caso de "todos aquellos que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer a Cristo y a la Iglesia, buscan a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad", como dice el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica.

El limbo, dice la Comisión Teológica Internacional, suponía una "visión restrictiva de la salvación". Según los adelantos de la prensa, el texto apunta que hay "serias razones teológicas para creer que los niños no bautizados que mueren se salvarán y disfrutarán de la visión de Dios".

No hay que olvidar a los Santos Inocentes, que celebramos el 28 de Diciembre, que confesaron a Cristo "no hablando, sino muriendo". El texto que ahora se anuncia dice: "La gracia tiene prioridad sobre el pecado y la exclusión de niños inocentes del cielo no parece reflejar el amor especial de Cristo por los más pequeños".

Según el documento, el limbo representaba un problema pastoral urgente, ya que cada vez son más los niños nacidos de padres no católicos y que no son bautizados, y también "otros que no nacieron al ser víctimas de abortos".

En definitiva, el alma humana es, desde el primer momento, capaz de conocer a Dios y de amarle. Está llamada a compartir ese Amor, ya en la tierra, especialmente con los más necesitados, los indefensos, los pobres, los no nacidos. Y también para siempre, junto con todas las personas que libremente lo acepten.

Conviene advertir que esto último –la posibilidad de que tantas personas puedan salvarse sin conocer a Cristo y a la Iglesia– no hace inútil la evangelización ni el apostolado cristiano, porque según San Pablo, Dios quiere que todos se salven "y lleguen al conocimiento de la verdad" (de esa verdad plena que es el amor de Dios manifestado en Cristo). Lo que se impone más bien es la urgencia de la evangelización.

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, que recoge sólo lo esencial de la fe, dice respecto a los niños que mueren sin el bautismo: "La Iglesia en su liturgia los confía a la misericordia de Dios". Aquí se ve cómo la justicia y la misericordia y el amor de Dios se identifican. ¿De qué manera concreta Dios quitaría en esos niños el pecado original? No lo sabemos, y ha habido varias opiniones. No ha sido revelado o hasta ahora la Iglesia no se ha pronunciado al respecto. Quizá la Comisión Teológica Internacional aporte ahora algunos argumentos.
Parecía urgente

En todo caso, nada de esto disminuye la responsabilidad, que tienen los padres cristianos, de bautizar a los niños cuanto antes, lo que según la Iglesia significa "en las primeras semanas".

Ramiro Pellitero
profesor de Teología pastoral en la Universidad de Navarra

Niños muertos sin bautizar: del limbo a la salvación


La Comisión Teológica Internacional, organismo consultivo de la Santa Sede, acaba de publicar un documento en el que afirma que no hay razones fundadas para pensar que los niños fallecidos sin bautizar no puedan ir al cielo. El texto es el resultado de un atento estudio iniciado en 2004, cuando el cardenal Joseph Ratzinger presidía esta comisión de teólogos, dependiente de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Aunque los documentos de la Comisión no forman parte del magisterio de la Iglesia, hay que considerar la reflexión teológica contenida en este documento, cuya publicación ha sido aprobada por el Papa, como una autorizada versión del "status quaestionis" sobre "La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautizar".

A pesar de que la existencia del limbo nunca ha sido definida como dogma por la Iglesia (y, de hecho, no figura en el actual Catecismo de la Iglesia Católica, aunque sí en los anteriores), al mismo tiempo ha sido durante siglos una creencia muy popular, que ha inspirado incluso numerosas obras de arte (Dante, Botticelli). El documento de la Comisión Teológica Internacional presenta una síntesis del pensamiento de la Iglesia sobre el destino de los niños fallecidos sin bautizar, y concluye que la Escritura y la Tradición "no ofrecen respuestas explícitas". De ahí que durante siglos se haya mantenido como una cuestión teológica abierta.

Ese mismo tono de prudencia es el que preside el texto de la Comisión, que carece de afirmaciones tajantes: "Nuestra conclusión –afirma– es que los muchos factores considerados [en el documento] ofrecen una seria base teológica y litúrgica para esperar en la salvación y visión beatífica de los niños fallecidos sin bautizar". Y añade: "Subrayamos que estas son razones para una oración esperanzada más que fundamentos para la certeza".

El problema es compaginar, por un lado, la infinita misericordia de Dios, que no puede excluir de la salvación eterna a los pequeños que no han cometido pecados personales; y por otro, la enseñanza fundamental de la existencia del pecado original y la necesidad del bautismo para su remisión. El documento observa que la enseñanza de que el bautismo es necesario para la salvación precisa ser entendida en el sentido de que fuera de Cristo no hay salvación. Dios puede dar la gracia del bautismo sin que se administre el sacramento, "y este hecho se puede aplicar específicamente cuando la administración del bautismo sea imposible".

La Comisión advierte que este planteamiento teológico, un nuevo modo de entender que se ha ido desarrollando en los últimos decenios, no se puede usar para negar la necesidad del bautismo a los niños o para retrasarlo. En realidad, "son razones para esperar que Dios salvará a esos niños, precisamente porque no fue posible hacer por ellos lo que hubiera sido lo más deseable, bautizarlos en la fe de la Iglesia e incorporarlos al cuerpo de Cristo".

El documento afirma que el tema de la salvación de los niños fallecidos antes del bautismo no es sólo una cuestión para las disquisiciones teológicas, sino que constituye un problema pastoral urgente. Por un lado, muchos de ellos nacen de padres que no son cristianos; y por otro, son también muchos los no nacidos víctimas del aborto.

De momento, el documento –de 41 páginas y firmado por el cardenal William Levada, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe– ha sido publicado sólo en inglés, idioma en el que se ha redactado. Todos los comentarios aparecidos en la prensa internacional dependen del resumen que hizo la agencia Catholic News Service, vinculada a la Conferencia Episcopal de Estados Unidos.

ACEPRENSA

martes, 10 de abril de 2007

El firme regreso al catolicismo de intelectuales y escritores franceses

El «fenómeno Bernanos» envuelve al mundo de la cultura, donde cada vez hay más conversos. M. V.

MADRID- Sopla un viento nuevo de fe en la laicísima Francia. Las letras francesas siguen las huellas de Claudel, Péguy, o Mauriac, los grandes conversos de la tradición literaria, y cada vez son más las novelas, guiones y ensayos en los que la fe cristiana vuelve a ser protagonista.

Hace tiempo que escritores de la talla de Michel Tournier o Dider Decoin demostraron que la fe aumentaba su talento y, siguiendo su misma senda, está surgiendo una nueva generación de autores creyentes, nuevas figuras de la escena literaria y filosófica cuyas obras buscan la consonancia con el mensaje evangélico. El periodista Daniele Zappalá explica en el diario «Avvenire» que, en el caso de la escritora Sylvie Germain ha sido su búsqueda sobre la mística cristiana y la frecuente costumbre de acudir la Biblia lo que le ha llevado a la conversión. La aclamada autora de la reciente novela «Magnus» ha visto cómo su obra está empezando a seducir no sólo en Francia sino más allá de sus fronteras.

Hace algunos días, en las páginas del diario francés «Le Figaro», otro talentoso y pluripremiado escritor de la nueva literatura francesa, François Tallandier, ha intentado esbozar y enumerar las razones de su silenciosa conversión al catolicismo, después de años de profundo escepticismo: «Quizás por el esplendor de Bourges, que le daba a Stendhal alas para ser cristiano. Quizás por la modesta dulzura de la iglesia románica de Ennezat. Quizás porque un día, escuchando pronunciar la palabra “católico” con el desprecio de quien cree que no necesita más razones, me he cansado y he dicho abiertamente: “Soy católico”», explica.

También Jean Claude Gillebaud está volviendo a la fe, después de unos años de éxito como periodista. Golpeado por la obra de filósofos como René Girard y la atmósfera de recogimiento del mundo monástico, acaba de publicar dos ensayos sobre la importancia de creer. «Cómo he vuelto a ser cristiano» es el título del más significativo.

Católicos sin complejos

El recorrido creativo de Fabrice Hadjadj es también un punto de referencia en la cultura francesa. Escritor e intelectual de cultura judía y nombre árabe, se ha convertido al catolicismo «tras una fase de nihilismo». Un reciente ensayo suyo analiza con pasión e ironía su indiferencia hacia la muerte de las sociedades occidentales a la vez que lanza una llamada a la alegría fundada sobre las razones de la fe.

Pero quizá la figura más controvertida es la del controvertido escritor Maurice Dantec, que dice inscribirse en el ámbito «futurista». Hace poco que este intelectual excéntrico, admirado por la crítica, se ha atrevido a gritar en público que «no hay futuro para la humanidad fuera de Cristo».

Junto a todos ellos, más allá de las fronteras francesas, se sitúa el dramaturgo belga Eric-Emmanuel Schmitt, o filósofos como Bernard Sichére y Jean Louis Chrétien, que han llegado al catolicismo tras un largo camino a través del escepticismo. En definitiva, son cada vez más los escritores e intelectuales que han redescubierto la trascendencia, que han experimentado la conversión y «vuelven» a la fe tras un largo exilio en el desierto del nihilismo. Hoy, sin temor alguno, se declaran católicos sin ningún complejo.

La Razón

viernes, 6 de abril de 2007

Viernes Santo - «Dios demuestra su amor por nosotros»

Predicación del Viernes Santo 2006 en la Basílica de San Pedro
del P. Raniero Cantalamessa, ofmcap



1. «¡Sed, cristianos, más firmes al moveros!»


«Vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas» (2 Tm 4,3-4)

Esta palabra de la Escritura --sobre todo la alusión al prurito de oír cosas nuevas-- se está realizando de modo nuevo e impresionante en nuestros días. Mientras nosotros celebramos aquí el recuerdo de la Pasión y Muerte del Salvador, millones de personas son inducidas por hábiles retocadores de antiguas leyendas a creer que Jesús de Nazaret nunca fue, en realidad, crucificado. En los Estados Unidos hay un best seller del momento, una edición del Evangelio de Tomás, presentado como el evangelio que «nos evita la crucifixión, hace innecesaria la resurrección y no nos obliga a creer en ningún Dios llamado Jesús» [1]

«Existe una percepción penosa en la naturaleza humana --escribía hace años el mayor estudioso bíblico de la historia de la Pasión, Raymond Brown: cuanto más fantástico es el escenario imaginado, más sensacional es la propaganda que recibe y más fuerte el interés que suscita. Personas que jamás se molestarían en leer un análisis serio de las tradiciones históricas sobre la pasión, muerte y resurrección de Jesús, son fascinadas por cada nueva teoría según la cual Él no fue crucificado y no murió, especialmente si la continuación de la historia incluye su fuga con María Magdalena hacia La India... [o hacia Francia, según la versión más actualizada]… Estas teorías demuestran que cuando se trata de la Pasión de Jesús, a pesar de la máxima popular, la ficción supera la realidad y frecuentemente, se pretenda o no, es más rentable» [2].

Se habla mucho de la traición de Judas, y no se percibe que se está repitiendo. Cristo sigue siendo vendido, ya no a los jefes del Sanedrín por treinta denarios, sino a editores y libreros por miles de millones de denarios... Nadie conseguirá frenar esta ola especulativa que, es más, registrará una crecida con la inminente salida de cierta película; pero habiéndome ocupado durante años de Historia de los Orígenes Cristianos, siento el deber de llamar la atención sobre un equívoco descomunal que está en el fondo de toda esta literatura pseudohistórica.

Los evangelios apócrifos sobre los que se apoya son textos conocidos de siempre, en todo o en parte, pero con los que ni siquiera los historiadores más críticos y hostiles hacia el cristianismo pensaron jamás, antes de hoy, que se pudiera hacer historia. Sería como si dentro de algún siglo se pretendiera reconstruir la historia actual basándose en novelas escritas en nuestra época.

El error garrafal consiste en el hecho de que se utilizan estos escritos para hacerles decir exactamente lo contrario de lo que pretendían. Estos forman parte de la literatura gnóstica del siglo II y III. La visión gnóstica --una mezcla de dualismo platónico y de doctrinas orientales revestida de ideas bíblicas-- sostiene que el mundo material es una ilusión, obra del Dios del Antiguo Testamento, que es un dios malo, o al menos inferior; Cristo no murió en la cruz porque jamás había asumido, más que en apariencia, un cuerpo humano, siendo éste indigno de Dios (docetismo).

Si Jesús, según el Evangelio de Judas, del que se ha hablado mucho estos días, ordena Él mismo al apóstol que le traicione es porque, muriendo, el espíritu divino que está en Él podrá finalmente liberarse de la implicación de la carne y volver a subir al cielo. El matrimonio orientado a los nacimientos hay que evitarlo (encratismo); la mujer se salvará sólo si el «principio femenino» (thelus) personificado por ella se transforma en el principio masculino, esto es, si deja de ser mujer [3].

¡Lo cómico es que actualmente hay quien cree ver en estos escritos la exaltación del principio femenino, de la sexualidad, del pleno y desinhibido goce de este mundo material, en polémica con la Iglesia oficial que, con su maniqueísmo, siempre habría conculcado todo ello! El mismo equívoco que se observa a propósito de la doctrina de la reencarnación. Presente en las religiones orientales como un castigo debido a culpas precedentes y como aquello a lo que se anhela poner fin con todas las fuerzas, aquella es acogida en occidente como una maravillosa posibilidad de volver a vivir y a gozar indefinidamente de este mundo.

Son asuntos que no merecerían tratarse en este lugar y en este día, pero no podemos permitir que el silencio de los creyentes sea tomado por vergüenza y que la buena fe (¿o la necedad?) de millones de personas sea burdamente manipulada por los medios de comunicación sin levantar un grito de protesta en nombre no sólo de la fe, sino también del sentido común y de la sana razón. Es el momento, creo, de volver a oír la advertencia de Dante Alighieri:


«Sed, cristianos, más firmes al moveros:
no seáis como pluma a cualquier soplo,
y no penséis que os lave cualquier agua.

Tenéis el antiguo y nuevo Testamento,
y el pastor de la Iglesia que os conduce;
y esto es bastante ya para salvaros…

¡Sed hombres, y no ovejas insensatas!». [4]



2. ¡La Pasión ha precedido a la Encarnación!

Pero dejemos de lado estas fantasías, que tienen todas una explicación común: estamos en la era de los medios de comunicación, y a los medios más que la verdad les interesa la novedad. Concentrémonos en el misterio que estamos celebrando. El mejor modo de reflexionar, este año, en el misterio del Viernes Santo sería releer por entero la primera parte de la Encíclica del Papa «Deus caritas est». Al no poder hacerlo aquí, desearía al menos comentar algunos pasajes suyos que se refieren más directamente al misterio de este día. Leemos en la encíclica:

«Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan, ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: “Dios es amor”. Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar» [5].

Sí, ¡Dios es amor! Si todas las Biblias del mundo, se ha dicho, fueran destruidas por alguna catástrofe o furor iconoclasta y quedara sólo una copia, y también ésta estuviera tan dañada que sólo quedara una página entera, e igualmente esta página estuviera tan estropeada que sólo se pudiera leer una línea: si tal línea es la de la Primera Carta de Juan, donde está escrito: «¡Dios es amor!», toda la Biblia se habría salvado, porque todo el contenido está ahí.

El amor de Dios es luz, es felicidad, es plenitud de vida. Es el torrente que Ezequiel vio salir del templo y que, donde llega, sana y suscita vida; es el agua que sacia toda sed prometida a la samaritana. Jesús también nos repite a nosotros, como a ella: «¡Si conocieras el don de Dios!». Viví mi infancia en una casa de campo a pocos metros de un tendido eléctrico de alta tensión, pero nosotros vivíamos a oscuras o a la luz de las velas. Entre nosotros y el tendido estaba el ferrocarril, y, con la guerra en marcha, nadie pensaba en superar el pequeño obstáculo. Así ocurre con el amor de Dios: está ahí, al alcance de la mano, capaz de iluminar y caldear todo en nuestra vida, pero pasamos la existencia en la oscuridad y el frío. Es el único motivo verdadero de tristeza de la vida.

Dios es amor, y la cruz de Cristo es la prueba suprema de ello, la demostración histórica. Hay dos modos de manifestar el propio amor hacia alguien, decía un autor del oriente bizantino, Nicolás Cabasilas. El primero consiste en hacer el bien a la persona amada, en hacerle regalos; el segundo, mucho más comprometido, consiste en sufrir por ella. Dios nos amó en el primer modo, o sea, con amor de generosidad, en la creación, cuando nos llenó de dones, dentro y fuera de nosotros; nos amó con amor de sufrimiento en la redención, cuanto inventó su propio anonadamiento, sufriendo por nosotros los más terribles padecimientos, a fin de convencernos de su amor [6]. Por ello, es en la cruz donde se debe contemplar ya la verdad de que «Dios es amor».

La palabra «pasión» tiene dos significados: puede indicar un amor vehemente, «pasional», o bien un sufrimiento mortal. Existe una continuidad entre las dos cosas y la experiencia diaria muestra cuán fácilmente se pasa de una a la otra. Así fue también, y antes que nada, en Dios. Hay una pasión --escribió Orígenes-- que precede a la encarnación. Es «la pasión de amor» que Dios desde siempre alimenta hacia el género humano y que, en la plenitud de los tiempos, le llevó a venir a la tierra y padecer por nosotros [7].


3. Tres órdenes de grandeza

La encíclica «Deus caritas est» indica un nuevo modo de hacer apología de la fe cristiana, tal vez el único posible hoy y ciertamente el más eficaz. No contrapone los valores sobrenaturales a los naturales, el amor divino al amor humano, el eros al agapé, sino que muestra su armonía originaria, que siempre hay que redescubrir y sanar a causa del pecado y de la fragilidad humana. «El eros --escribe el Papa-- quiere remontarnos “en éxtasis” hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación» [8]. El Evangelio está, sí, en concurrencia con los ideales humanos, pero en el sentido literal de que acude a su realización: los sana, los eleva, los protege. No excluye el eros de la vida, sino el veneno del egoísmo del eros.

Existen tres órdenes de grandeza, dijo Pascal en un célebre pensamiento [9]. El primero es el orden material o de los cuerpos: en él sobresale quien tiene muchos bienes, quien está dotado de fuerza atlética o de belleza física. Es un valor que no hay que despreciar, pero el más bajo. Por encima de él está el orden del genio y de la inteligencia, en el que se distinguen los pensadores, los inventores, los científicos, los artistas, los poetas. Éste es un orden de calidad diferente. Al genio no le añade ni le quita nada ser rico o pobre, guapo o feo. La deformidad física de su persona no quita nada a la belleza del pensamiento de Sócrates y de la poesía de Leopardi.

Éste del genio es un valor ciertamente más elevado que el precedente, pero no aún el supremo. Por encima de él existe otro orden de grandeza, y es el orden del amor, de la bondad (Pascal lo llama el orden de la santidad y de la gracia). Una gota de santidad --decía Gounod-- vale más que un océano de genio. Al santo no le añade ni le quita nada ser guapo o feo, docto o il

El cristianismo pertenece a este tercer nivel. En la novela Quo vadis, un pagano pregunta al apóstol Pedro, recién llegado a Roma: «Atenas nos ha dado la sabiduría, Roma el poder; vuestra religión, ¿qué nos ofrece?». Y Pedro le responde: ¡el amor! [10]. El amor es lo más frágil que existe en el mundo; se le representa, y lo es, como un niño. Se le puede dar muerte con muy poco, como --lo hemos contemplado con horror en Italia en las pasadas semanas-- se puede hacer con un niño. Sabemos por experiencia en qué se convierten el poder y la ciencia, la fuerza y el genio, sin el amor y la bondad...


4. Amor que perdona

«El eros de Dios para con el hombre --prosigue la encíclica--, es a la vez agapé. No sólo porque se da del todo gratuitamente, sin ningún mérito anterior, sino también porque es amor que perdona» (n.10).

También esta cualidad resplandece en el grado máximo en el misterio de la cruz. «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos», había dicho Jesús en el cenáculo (Jn 15,13). Se desearía exclamar: Sí que existe, oh Cristo, un amor mayor que dar la vida por los amigos. ¡El tuyo! ¡Tú no diste la vida por tus amigos, sino por tus enemigos! Pablo dice que a duras penas se encuentra quién esté dispuesto a morir por un justo, pero se encuentra. «Por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros»; «Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado» (Rm 5,6-8).

Sin embargo no se tarda en descubrir que el contraste es sólo aparente. La palabra «amigos» en sentido activo indica aquellos que te aman, pero en sentido pasivo indica aquellos que son amados por ti. Jesús llama a Judas «amigo» (Mt 26,50) no porque Judas le amara, ¡sino porque Él le amaba! No hay mayor amor que dar la propia vida por los enemigos, considerándoles amigos: he aquí el sentido de la frase de Jesús. Los hombres pueden ser, o dárselas de enemigos de Dios; Dios nunca podrá ser enemigo del hombre. Es la terrible ventaja de los hijos sobre los padres (y sobre las madres).

Debemos reflexionar en qué modo, concretamente, el amor de Cristo en la cruz puede ayudar al hombre de hoy a encontrar, como dice la encíclica, «la orientación de su vivir y de su amar». Aquél es un amor de misericordia, que disculpa y perdona, que no quiere destruir al enemigo, sino en todo caso la enemistad (Ef 2,16). Jeremías, el más cercano entre los hombres al Cristo de la Pasión, ruega a Dios diciendo: «Vea yo tu venganza contra ellos» (Jr 11,20); Jesús muere diciendo: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

Es precisamente de esta misericordia y capacidad de perdón de lo que tenemos necesidad hoy, para no resbalar cada vez más en el abismo de una violencia globalizada. El Apóstol escribía a los Colosenses: «Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas [literalmente] de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros» (Col 3,12-13)
Tener misericordia significa apiadarse (misereor) en el corazón (cordis) respecto al propio enemigo, comprender de qué pasta estamos hechos todos y por lo tanto perdonar. ¿Qué podría ocurrir si, por un milagro de la historia, en Oriente Próximo, los dos pueblos en lucha desde hace décadas, más que en las culpas empezaran a pensar los unos en el sufrimiento de los otros, a apiadarse los unos de los otros? Ya no sería necesario ningún muro de división entre ellos. Lo mismo se debe decir de muchos otros conflictos presentes en el mundo, incluidos aquellos entre las diferentes confesiones religiosas e Iglesias cristianas.

Cuánta verdad en el verso de nuestro Pascoli: «¡Hombres, tened paz! Que en la prona tierra grande es el misterio» [11]. Un común destino de muerte se cierne sobre todos. ¡La humanidad está envuelta por tanta oscuridad e inclinada («prona») bajo tanto sufrimiento que deberíamos también tener un poco de compasión y de solidaridad los unos con los otros!


5. El deber de amar

Hay otra enseñanza que nos viene del amor de Dios manifestado en la cruz de Cristo. El amor de Dios por el hombre es fiel y eterno: «Con amor eterno te he amado», dice Dios al hombre en los profetas (Jr, 31,3), y también: «En mi lealtad no fallaré» (Sal 89,34). Dios se ha ligado a amar para siempre, se ha privado de la libertad de volver atrás. Es éste el sentido profundo de la alianza que en Cristo se ha transformado en «nueva y eterna».

En la encíclica papal leemos: «El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza conlleva el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad —“sólo esta persona”—, y en el sentido del “para siempre”. El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad» [12].

En nuestra sociedad se cuestiona cada vez con mayor frecuencia qué relación puede haber entre el amor de dos jóvenes y la ley del matrimonio; qué necesidad de «vincularse» tiene el amor, que es todo impulso y espontaneidad. Así, son cada vez más numerosos quienes rechazan la institución del matrimonio y optan por el llamado amor libre o la simple convivencia de hecho. Sólo si se descubre la relación profunda y vital que hay entre ley y amor, entre decisión e institución, se puede responder correctamente a esas preguntas y dar a los jóvenes un motivo convincente para «atarse» a amar para siempre y no tener miedo a hacer del amor un «deber».

«Sólo cuando existe el deber de amar --apuntó el filósofo que, después de Platón, ha escrito las cosas más bellas sobre el amor, Kierkegaard--, sólo entonces el amor está garantizado para siempre contra cualquier alteración; eternamente liberado en feliz independencia; asegurado en eterna bienaventuranza contra cualquier desesperación» [13]. El sentido de estas palabras es que la persona que ama, cuanto más intensamente ama, más percibe con angustia el peligro que corre su amor. Peligro que no viene de otros, sino de ella misma. Bien sabe que es voluble, y que mañana, ¡ay!, podría cansarse y no amar más, o cambiar el objeto de su amor. Y ya que, ahora que está en la luz del amor, ve con claridad la pérdida irreparable que esto comportaría, he aquí que se previene «atándose» a amar con el vínculo del deber y anclando, de este modo, a la eternidad su acto de amor, el cual se sitúa en el tiempo.

Ulises deseaba volver a ver su patria y a su esposa, pero tenía que atravesar el lugar de las sirenas que fascinan a los navegantes con su canto y les llevan a estrellarse contra las rocas. ¿Qué hizo? Se hizo atar al mástil de la nave, después de haber tapado con cera los oídos a sus compañeros. Al llegar a tal lugar, hechizado gritaba para que le desataran y poder alcanzar a las sirenas, pero sus compañeros no podían oírle, y así pudo volver a ver su patria y volver a abrazar a su esposa e hijo [14]. Es un mito, pero ayuda a entender el porqué, también humano y existencial, del matrimonio «indisoluble» y, en un plano diferente, de los votos religiosos.

El deber de amar protege al amor de la «desesperación» y lo hace «feliz e independiente» en el sentido de que protege de la desesperación de no poder amar para siempre. Dadme un verdadero enamorado --decía el mismo pensador-- y él os dirá si, en amor, existe oposición entre placer y deber; si el pensamiento de «deber» amar para toda la vida procura al amante temor y angustia, o más bien gozo y felicidad total.

Apareciéndose un día de Semana Santa a la beata Angela de Foligno, Cristo le dijo una palabra que se ha hecho célebre: «¡No te he amado en broma!» [15]. Cristo verdaderamente no nos ha amado en broma. Existe una dimensión lúdica y graciosa en el amor, pero él mismo no es una broma; es lo más serio y lo más cargado de consecuencias que existe en el mundo; la vida humana depende de él. Esquilo compara el amor con un leoncillo que se cría en casa, «dócil y tierno primero más que un niño», con el que se puede hasta bromear, pero que, creciendo, es capaz de causar estragos y manchar la casa de sangre [16].

Estas consideraciones no bastarán para modificar la cultura presente que exalta la libertad de cambiar y la espontaneidad del momento, la práctica del «usar y tirar» aplicada también al amor. (Se encargará, lamentablemente, de hacerlo la vida, cuando al final uno se encuentre con cenizas en la mano y la tristeza de no haber construido nada duradero con el propio amor). Pero que por lo menos sirvan, estas consideraciones, para confirmar la bondad y la belleza de la propia elección a aquellos que han decidido vivir el amor entre el hombre y la mujer según el proyecto de Dios y sirvan para animar a muchos jóvenes a hacer la misma opción.

No nos queda más que entonar con Pablo el himno al amor victorioso de Dios. Nos invita ha realizar con él una maravillosa experiencia de sanación interior. Piensa en todas las cosas negativas y en los momentos críticos de su vida: la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada. Los contempla a la luz de la certeza del amor de Dios y grita: «¡Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquél que nos amó!».

Alza entonces la mirada; desde su vida personal pasa a considerar el mundo que le rodea y el destino humano universal, y de nuevo la misma certeza gozosa: «Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida..., ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá jamás separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 8,37-39).

Recojamos su invitación, en este Viernes de Pasión, y repitamos para nosotros sus palabras mientras, dentro de poco, adoremos la cruz de Cristo.

miércoles, 28 de marzo de 2007

El turno de la Iglesia Católica

Ahora le toca a la Iglesia Católica ser diana de ataques, blasfemias, imágenes pornográficas, películas eróticas en las que se compara el éxtasis con la carnalidad sexual o películas con algún o varios Oscars en las que se ridiculiza a personas concretas o a la propia Institución con actitudes o posturas noñas o pasadas de moda. Podríamos seguir con esta ristra de disparates pero basta con estos botones de muestra.

Quizá sea ocasión de reflexionar por sus causas, remontarnos a sus orígenes y esbozar alguna conclusión: si la Iglesia Católica representa la Verdad y es depositaria de la única verdad por la que merece la pena vivir, para aquellos a los que molesta que una mayoría de personas beban de esa fuente, busquen ser felices a través de senderos un tanto angostos pero certeros, o lo que es peor, vivan con una coherencia contagiosa y visible su fe, resulta lógica y necesaria su beligerancia y rebeldía ante esta realidad repudiada y denostada. Pero lo que ocurre es que a esta minoría poco silenciosa y bien orquestada a través de los medios de comunicación, rezuma un fuerte olor a azufre: son pocos pero hacen daño porque tienen poder, saben actuar y cuentan con recursos económicos y sociales para conseguir sus propósitos. Y esto, no ha hecho más que empezar.

¿Cómo puede frenarse este ataque a la línea de flotación de la Institución más antigua de la historia? Son varios los niveles, en los que puede plantearse la estrategia, a nivel personal, a nivel familiar, a nivel social y a nivel eclesiástico; todos ellos, de la mano de esas figuras tan conocidas que hace años se colocaban como decoración en los cuartos de baño, de los monos que no ven, que no oyen, que no hablan: no leer lo que es negativo y atenta la conciencia de cada uno, apagar el televisor cuando no quiere verse lo que no debería ser noticia, no escuchar lo que debería silenciarse y hablar como protesta en positivo para denunciar todo aquello con lo que no se está de acuerdo, pero con argumentos convincentes.

Pero esto exige vencer el conformismo, la mal llamada pereza mental— porque la pereza no sólo es mental—, y proponerse actuaciones puntuales y eficaces que tengan repercusión mediática: es mucho más lo que une a las personas que lo que desune y por ahí es por donde hay que empezar. Una posible alternativa puede consistir en crear redes de apoyo mediático para facilitar a los medios de comunicación todo tipo de informaciones optimistas, testimonios de personas que avalen con su vida lo que defienden o sugerencias puntuales que mejoren la sociedad que tenemos y en la que maduramos. Un ingrediente fundamental de esta receta debe ser el respeto a los demás, a sus creencias, a sus convicciones y a sus opciones fundamentales; el itinerario de la convivencia pacífica —para que sea un arte y no un desastre— discurre por la cortesía, por la buena educación no por la crispación o desprecio que convierte a la persona que lo practica en un maltratador o maltratadora.

Marosa Montañés Duato

lunes, 19 de marzo de 2007

Nota explicativa a propósito de la Notificación sobre las obras del P. Jon Sobrino s.j.

CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

NOTA EXPLICATIVA A LA NOTIFICACIÓN SOBRE LAS OBRAS DEL P. JON SOBRINO S. J.

1. El interés de la Iglesia por los pobres

Es función propia de la Congregación para la Doctrina de la Fe promover y tutelar la doctrina sobre la fe y las costumbres en todo el orbe católico[1]. En tal modo se quiere servir a la fe del pueblo de Dios y en particular a sus miembros más sencillos y pobres. La preocupación por los más sencillos y pobres es, desde el inicio, uno de los rasgos que caracteriza la misión de la Iglesia. Si es cierto, como también lo ha recordado el Santo Padre, que «la primera pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo»[2], entonces todos los hombres tienen derecho a conocer al Señor Jesús, que es «esperanza de las naciones y salvador de los pueblos», y a mayor razón cada cristiano tiene derecho de conocer de modo adecuado, auténtico e integral, la verdad que la Iglesia confiesa y expresa acerca de Cristo. Ese derecho es el fundamento del deber correspondiente del magisterio eclesial de intervenir cada vez que la verdad es puesta en peligro o negada.

Por todo ello, la Congregación se ha visto en el deber de publicar la Notificación adjunta sobre algunas obras del P. Jon Sobrino S.I. en las cuales se han encontrado diversas proposiciones erróneas o peligrosas que pueden causar daño a los fieles. El P. Sobrino, en sus obras, manifiesta preocupación por la situación de los pobres y oprimidos especialmente en América Latina. Esta preocupación es ciertamente la de la Iglesia entera. La misma Congregación para la Doctrina de la Fe, en su Instrucción Libertatis conscientia sobre libertad cristiana y liberación, indicaba que «la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los “más pequeños de sus hermanos” (cf. Mt 25,40.45)» y que «la opción preferencial por los pobres, lejos de ser un signo de particularismo o de sectarismo, manifiesta la universalidad del ser y de la misión de la Iglesia. Dicha opción no es exclusiva. Ésta es la razón por la que la Iglesia no puede expresarla mediante categorías sociológicas o ideológicas reductivas, que harían de esta preferencia una opción partidista y de naturaleza conflictiva»[3].

Ya previamente la misma Congregación, en la Instrucción Libertatis nuntius sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, había observado que las advertencias sobre esta corriente teológica contenidas en el documento no se podían interpretar como un reproche hacia quienes deseaban ser fieles a la “opción preferencial por los pobres” ni podían en modo alguno servir de excusa a quienes se muestran indiferentes a los gravísimos problemas de la miseria y de la injusticia[4].

Estas afirmaciones muestran con claridad la posición de la Iglesia en este complejo problema: «Las desigualdades inicuas y las opresiones de todo tipo que afectan hoy a millones de hombres y mujeres están en abierta contradicción con el Evangelio de Cristo y no pueden dejar tranquila la conciencia de ningún cristiano. La Iglesia, dócil al Espíritu, avanza con fidelidad por los caminos de la liberación auténtica. Sus miembros son conscientes de sus flaquezas y de sus retrasos en esta búsqueda. Pero una multitud de cristianos, ya desde el tiempo de los Apóstoles, han dedicado sus fuerzas y sus vidas a la liberación de toda forma de opresión y a la promoción de la dignidad humana. La experiencia de los santos y el ejemplo de tantas obras de servicio al prójimo constituyen un estímulo y una luz para las iniciativas liberadoras que se imponen hoy»[5].

2. Procedimiento para el examen de las doctrinas

A la Notificación arriba mencionada se ha llegado tras un atento examen de los escritos del P. Sobrino según el procedimiento establecido para el examen de las doctrinas. El modo de proceder de la Congregación para la Doctrina de la Fe para formarse un juicio sobre escritos que aparecen como problemáticos puede explicarse brevemente. Cuando la Congregación considera que los escritos de un autor determinado presentan dificultades desde el punto de vista doctrinal, de tal manera que de ellos se deriva o puede derivarse un daño grave para los fieles, se inicia un procedimiento regulado por el Reglamento del 29 de junio de 1997, que fue en su día aprobado por el Papa Juan Pablo II[6].

El procedimiento ordinario prevé que se pida la opinión de algunos peritos en la materia tratada. El parecer de los mismos, junto con todas las noticias útiles para el examen del caso, seguidamente se somete a la consideración de la Consulta, o sea, la instancia de la Congregación formada por expertos en las diferentes disciplinas teológicas. Toda la ponencia, incluyendo el verbal de la discusión, la votación general y los votos particulares de los Consultores sobre la eventual existencia en los escritos de errores doctrinales u opiniones peligrosas, es sometida al examen de la Sesión Ordinaria de la Congregación, compuesta por los Cardenales y Obispos miembros del Dicasterio, la cual examina minuciosamente toda la cuestión y decide si se debe proceder o no a una contestación al Autor. La decisión de la Sesión Ordinaria es sometida a la aprobación del Sumo Pontífice. Si se decide proceder a la contestación, la lista de proposiciones erróneas o peligrosas se comunica, a través del Ordinario, al Autor, el cual dispone de tres meses útiles para responder. Si la Sesión Ordinaria considera que la respuesta es suficiente, no se procede ulteriormente. De lo contrario se toman las medidas adecuadas. Una de éstas puede ser la publicación de una Notificación en la que se detallan las proposiciones erróneas o peligrosas encontradas en los escritos del Autor.

Cuando se considera que los escritos son evidentemente erróneos y de su divulgación podría derivar o ya deriva un grave daño a los fieles[7], el procedimiento se abrevia. Se nombra una Comisión de expertos encargada de determinar las proposiciones erróneas y peligrosas. El parecer de dicha Comisión se somete a la Sesión Ordinaria de la Congregación. En el caso de que las proposiciones se juzguen efectivamente erróneas y peligrosas, después de la aprobación del Santo Padre, siempre a través del Ordinario, se trasmiten al Autor, para que éste las corrija en un plazo de dos meses útiles. Su respuesta es examinada por la Sesión Ordinaria, que adopta las medidas oportunas.

3. El caso particular del P. Sobrino

En el presente caso, la misma Notificación indica los pasos que se siguieron según el procedimiento urgente. Se optó por tal procedimiento teniendo en cuenta entre otras razones la gran difusión que, sobre todo en América Latina, han alcanzado las obras del P. Jon Sobrino. En ellas se encontraron graves deficiencias tanto de orden metodológico como de contenido. Sin reproducir aquí cuanto en la Notificación se indica en detalle, se hace notar que entre las deficiencias de orden metodológico se encuentra la afirmación según la cual la Iglesia de los pobres es el lugar eclesial de la cristología y ofrece la dirección fundamental de la misma, olvidando que el único “lugar eclesial” válido en la cristología, como de la teología en general, es la fe apostólica, que la Iglesia transmite a todas las generaciones. El P. Sobrino tiende a disminuir el valor normativo de las afirmaciones del Nuevo Testamento y de los grandes Concilios de la Iglesia antigua. Estos errores de índole metodológica llevan a conclusiones no conformes con la fe de la Iglesia acerca de puntos centrales de la misma: la divinidad de Jesucristo, la encarnación del Hijo de Dios, la relación de Jesús con el Reino de Dios, su autoconciencia, el valor salvífico de su muerte.

Al respecto, la Congregación para la Doctrina de la Fe escribía: «una reflexión teológica desarrollada a partir de una experiencia particular puede constituir un aporte muy positivo, ya que permite poner en evidencia algunos aspectos de la Palabra de Dios, cuya riqueza total no ha sido aún plenamente percibida. Pero para que esta reflexión sea verdaderamente una lectura de la Escritura, y no una proyección sobre la Palabra de Dios de un significado que no está contenido en ella, el teólogo ha de estar atento a interpretar la experiencia de la que él parte a la luz de la experiencia de la Iglesia misma. Esta experiencia de la Iglesia brilla con singular resplandor y con toda su pureza en la vida de los santos. Compete a los Pastores de la Iglesia, en comunión con el Sucesor de Pedro, discernir su autenticidad»[8].

Por lo tanto, con esta Notificación, se espera ofrecer a los pastores y a los fieles un criterio seguro, fundado en la doctrina de la Iglesia para un juicio recto acerca de estas cuestiones, muy relevantes tanto desde el punto de vista teológico como pastoral.

[1] Cf. Juan Pablo II, Const. Apost. Pastor bonus, 48: AAS 80 (1988), 841-934)
[2] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2006.
[3] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 68: AAS 79 (1987), 554-599.
[4] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis nuntius, Proemio: AAS 76 (1984) 876-909.
[5] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis nuntius, 57.
[6] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Agendi Ratio in Doctrinarum Examine: AAS 89 (1997) 830-835.
[7] Cf. ibidem, 23
[8] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia, 70.